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UNA CONCEPCIÓN DE LA  SEXUALIDAD HUMANA QUE DIFICULTA LA  REALIZACIÓN DE LA PERSONA Y SU   PERFECCIÓN CRISTIANA.

El título de esta sombra de la doctrina oficial católica acerca de la sexualidad humana me parece tan severo, que de entrada  pienso que exigiría un tratamiento por lo menos , sabio, bien fundamentado,  detenido y acorde con el marco del pensamiento cristiano relativo a la persona; a pesar de que considero, por razones que no es necesario explicar , que ninguna de estas condiciones pueden estar presentes en un ámbito como éste, no desisto de llevarlo a cabo, porque además de no disponer de un ámbito mejor, considero que   la responsabilidad que pudiera tener estaría justificada  por la facilidad con que podrá ser rebatido.

CON EL CORAZÓN EN LAS MANOS.

La idea central de la enseñanza católica es que la sexualidad humana es una realidad que  tiene una finalidad asignada por la naturaleza, muy concreta, cual es la conservación de la especie, es decir la procreación humana, como consecuencia de esta idea  la virtud de la castidad es la única que entra en juego en todo lo referente al  uso de la sexualidad, pues ésta es una  fuerza que es necesario contener.

UNA SEXUALIDAD CENTRADA EN LA PROCREACIÓN.

Esta idea ha configurado  en el catolicismo todo lo relativo a la sexualidad humana tanto desde un punto de vista antropológico, como desde el punto de vista ético, así  como de la perspectiva de la perfección cristiana, con hondas repercusiones en la cultura, vida familiar y social.

PÁGINA DE UN LIBRO PENITENCIAL.

Tal idea se ha venido transmitiendo a través de los siglos hasta nuestros días, un recorrido por la historia de la moral sexual nos daría como resultado algo muy similar a lo que recogen los Libros penitenciales cuando la administración del sacramento de la penitencia se hizo individual y con la aplicación de la llamada penitencia tarifada en  un periodo que va desde el año 600 al 1200 y que podríamos sintetizar en los siguientes puntos:

1.- Tanto para los padres de la Iglesia , como para  los autores de los Libros Penitenciales todas las pràcticas sexuales, es decir aquellas que produzcan un placer venéreo directamente intentado, bien sea de forma solitaria, o con otra persona, habidas fuera del matrimonio son siempre gravemente inmorales.

2.-Los actos conyugales  son únicamente aceptables entre los matrimonios y a su vez si existe una posibilidad de procreación efectiva en cada una de las relaciones.

3.-Las relaciones sexuales en el matrimonio son ilegítimas para aquellas personas casadas que por las razones que sean  son incapaces de procrear

4.- Son asimismo inmorales las relaciones sexuales en el matrimonio sin intención expresa de procreación.

5.- La sexualidad no puede considerarse como una realidad capaz de ser portadora de valores humanos y religiosos.

Referimos algunos autores  que corroboren la síntesis anterior.

Tertuliano llega a considerar las relaciones conyugales como algo repugnante, aunque las acepta pues son necesarias para la conservación de la raza humana ( Cf. De exortatione castitatis: PL 2, 924-925.)

SAN JERÓNIMO ASCETA Y ESCRITOR.CARAVAGGIO

Para san Jerónimo, el uso del matrimonio no es una falta, sino más bien un estorbo para la oración.

San Agustín en su obra de bono conyugali expresa su doctrina sobre el acto conjugal : sólo el fin de la procreación hace que el acto conyugal no sea pecado, sino que sea un acto legítimo; sin embargo, el vínculo del matrimonio no puede romperse aun cuando los esposos no logren ese fin ( Cf. De Bono Conyugali PL. 40, 377)

Si avanzamos un poco más en el tiempo nos encontramos con el Libro de las Sentencias de Pedro Lombardo, una autoridad cuyos escritos sirvieron de base para la publicación de numerosos Comentarios a sus obras.  En el Libro IV de las Sentencias recoge la tradición anterior y expone las bases de una teología sobre el matrimonio.

DANTE Y BEATRIZ ACOMPAÑADOS DE VARIOS TEÓLOGOS ENTRE ELLOS PEDRO LOMBARDO.

La relaciones conyugales se justifican por “el afecto conyugal”, aun sin intención formal de tener hijos. Antes de la caída , la unión sexual hubiera sido lícita y buena; después de la caída, a esta unión le acompaña la concupiscencia, y por lo tanto es culpable, a no ser que se dé la excusa de los bienes del matrimonio.

La doctrina de Pedro Lombardo influyó sobre canonistas y teólogos que sostienen que el acto conyugal no puede nunca llevarse a cabo sin pecado, únicamente el fin de la procreación lo hace justificable como un mal menor. La expresión posiblemente máschocante acerca de la maldad del acto conyugal es la que hace un autor, cuando afirma que “durante la  realización del acto conyugal  el hombre pierde su capacidad intelectual.”

PEDRO LOMBARDO.

Esta visión doctrinal de la sexualidad humana se ve corroborada por un conjunto de prácticas que expresan mejor que las teorías la idea negativa de la sexualidad humana.

La primera de estas prácticas es la valoración que  la virginidad tiene sobre el matrimonio, a pesar de que  el matrimonio es un sacramento. La virginidad es como el gran testimonio de la caridad, junto con el martirio, el ideal de la vida cristiana en esta última etapa de la historia de la salvación. Muchos son los padres que  escribieron tratados completos  sobre este tema cristiano, la virginidad: Tertuliano, san Cipriano, san Metodio, san Atanasio, san Basilio, san Gregorio de Nisa, san Juan Crisóstomo, san Ambrosio, san Jerónimo, san Agustín y otros muchos.

Esta valoración se manifiesta en el desarrollo del monacato tanto masculino como femenino, en el posterior nacimiento  de las órdenes religiosas, en la aparición de formas de vivir  la virginidad  distintas de la de los monjes, monjas, religiosos y religiosas, en las recogidas, las enclaustradas,  en las que hacen de su casa un monasterio etc.etc.

Uno de los datos más significativos de la visión negativa de la sexualidad, al menos con relación a la virginidad, es la ausencia prácticamente total de santos y santas casados, canonizados y propuestos como ejemplares de la vida cristiana,  una realidad tanto más grave cuanto que la mayor parte de los bautizados son personas casadas;  la consecuencia más leve de esta práctica es que el matrimonio en cuanto tal, no es  visto ni por la autoridad de la Iglesia, ni por  los cristianos como un camino y un medio   de perfección cristiana.

RECORDANDO LA CANONIZACIÓN DE SAN MARTÍN DE PORRES.

Resulta difícil dar estadísticas que avalen esta afirmación, disponemos de alguna que puede servir para formarnos una idea de conjunto: Desde el año 1000 hasta finales de 1987, los papas han celebrado 303 canonizaciones , incluídos los grupos. De esos santos sólo 56  eran varones  seglares y otras 20 mujeres, De estos 63 santos seglares 37 eran solteros, la mayoría de los mismos murieron como mártires bien formando parte de un grupo o bien de forma individual, la conclusión a la que se puede llegar que este mínimo grupo de seglares es que no fueron canonizados como consecuencia de  haber llevado una vida conyugal heróica.

Esta tónica ha continuado hasta nuestros días; un ejemplo: la cuestión del matrimonio y su valor  como medio para la santidad se planteó el año 1987 en el Sínodo Mundial de Obispos, convocado por Juan Pablo II. El Sínodo fue la clausura del año que el papa había declarado como “el año del laicado”. Para atestiguar el valor del laicado en la Iglesia, la Congregación para la Causa de los Santos anduvo trabajando durante dos años para presentarle al papa una variedad de ejemplos de santidad seglar.

Inicialmente había 15 al final se eligieron 3 para la beatificación y dos para la canonización. Los que iban a ser beatificados eran hombres y los tres solteros.  La mujeres fueron las  canonizadas, el motivo de su canonización fue la defensa de la “ pureza” que hizo una de ellas, asesinada  por un  joven campesino que intentó violarla. La otra, una mujer soltera que al no poder entrar en el convento por falta de medios, hizo, por consejo de su confesor los tres votos de obediencia, pobreza y castidad.

UN MOSEÑOR JUNTO A SU ESPOSA.

Otra práctica que avala la idea del mal concepto del sexo en la Iglesia católica es la Ley de Continencia exigida a los clèrigos  para poder ejercer su ministerio, que terminaría por convertirse en la Ley del celibato tal como se exige hoy a los presbíteros  en la Iglesia latina.

Unas palabras que Uguccio de Pisa señaló, en torno al 1190: la «continencia de los clérigos es la que deben observar no contrayendo matrimonio y no usando del matrimonio si lo hubieran contraído», nos pueden situar bien acerca del sentido y evolución de la ley del celibato católico.

El texto, lo primero que indica es la existencia de un uso por el que, aunque los casados pudieran acceder a las órdenes,  debían no usar el matrimonio, con el consentimiento de la esposa, de ahí que el celibato eclesiástico se denominaba en sus comienzos  con propiedad « continencia»

La antigüedad de tal uso, es, como mínimo anterior a la celebración del Concilio de Elvira, celebrado en un lugar cercano a Granada en el primer decenio del siglo IV, pues en este concilio se recoge por escrito la vigencia  de la « continencia» para los clérigos. El canon 33 de dicho concilio, bajo el título «Sobre los obispos y ministros [del altar], que deben ser continentes con sus esposas», se encuentra el siguiente texto dispositivo: «Se está de acuerdo en la completa prohibición, válida para obispos, sacerdotes y diáconos, o sea, para todos los clérigos dedicados al servicio del altar, que deben abstenerse de sus mujeres y no engendrar hijos; quien haya hecho esto debe ser excluido del estado clerical».

No es posible ver en el canon 33 una ley nueva. Se manifiesta claramente, por el contrario, como una reacción contra la inobservancia, muy extendida, de una obligación tradicional y bien conocida a la que en ese momento se añade también una sanción: o se acepta el cumplimiento de la obligación asumida:» la continencia» o bien se renuncia al estado clerical.

De forma análoga se expresa el segundo Concilio africano del año 390, repetida en los posteriores: «Conviene que los sagrados obispos, los sacerdotes de Dios y los levitas sean continentes por completo para que puedan obtener sin dificultad lo que piden al Señor; a fin de que nosotros también custodiemos lo que han enseñado los Apóstoles y ha conservado una antigua usanza».La misma enseñanza se encuentra en los Papas Siricio (386) e Inocencio I (401-417), León Magno (456) y Gregorio Magno (590-604); y en los Padres S. Ambrosio, S. Agustín, S. Jerónimo .

La inobservancia de la continencia por parte de los clérigos se hizo bastante general  por el hecho de que muchos de los beneficios que estaban unidos al oficio clerical: abades, obispos, párrocos, eran, en muchos casos, concedidos por seglares, lo que dio lugar a la generalización del pecado de Simonía, es decir la compra de los oficios, accediendo a ellos gente sin vocación, este mal fue afrontado especialmente por Gregorio VII.

EL PAPA GREGORIO VII.

Por tales motivos  el segundo Concilio Lateranense ( 1139), dispuso que los matrimonios contraídos por los clérigos mayores, como las personas consagradas mediante votos de vida religiosa fueran no sólo ilícitos, sino inválidos; naciendo así la ley del celibato clerical tal como la conocemos en la actualidad en la Iglesia católica latina. Tanto el precepto de la continencia como después el de la Ley del Celibato partía de la consideración de la indecencia que suponía acercarse al altar para la celebración eucarística después de haber mantenido relaciones sexuales con la propia mujer.

LA CONTINENCIA OBLIGADA DE  LOS ESPOSOS.

Por esta misma causa desde antiguo se señalaban días o circunstancias en las que se prohibía el uso del matrimonio. Por ejemplo, Clemente de Alejandría manda abstenerse del uso del matrimonio durante las reglas de la mujer, el embarazo, durante la juventud y durante la vejez ( Cf. P.G. 8,505,508,512) San Jerónimo excluye de la comunión durante algunos días a los esposos que hayan hecho uso del matrimonio. ( Cf. PL. 32,506) San Gregorio Magno quiere que el hombre se abstenga algún tiempo antes de entrar en la Iglesia; esta abstención es una prueba de respeto al lugar sagrado ( Cf. PL 77,1196). Cesáreo de Arlés recomienda en su predicación  la abstención antes de las fiestas, sobre todo si se ha de comulgar, durante la Cuaresma y hasta el fin de las Fiestas de Pascua, todos los domingos y durante el embarazo. ( Cf. P.L.39,2241)

En la época de Pedro Lombardo hay autores que determinan la abstinencia casi todos los días de la semana: el lunes, por ser consagrado a los difuntos, el jueves por conmemorar la pasión de Jesús, el viernes por conmemorar su muerte, el sábado por honrar a la Sma. Virgen  y el domingo por ser el día de la resurrección del Señor.( Cf. G.Le Bras. C.c. 2151-2154)

Cualquiera diría que tales enseñanzas y prácticas han sido ampliamente rebasadas en la actualidad en la Iglesia, entre otros motivos por los aportes de la ciencia con relación a la naturaleza de la sexualidad humana y a sus fines, y por el desarrollo de ´las ciencias bíblicas Esta es la impresión que se produce, por ejemplo cuando se lee el Catecismo de La Iglesia Católica, quien en nº 2232 dice textualmente:

“ La sexualidad abraza todos los aspectos de la persona humana en la unidad de su cuerpo y de su alma. Concierne particularmente a la afectividad, a la capacidad de amar y procrear y, de manera más general, a la aptitud para establecer vínculos de comunión con otros” y el nº 2337 hablando de la virtud de la castidad dice:

“ La castidad significa la integración lograda de la sexualidad en la persona, y por ello en la unidad interior del hombre en su ser corporal y espiritual. La sexualidad, en la que se expresa la pertenencia del hombre al mundo corporal y biológico, se hace personal y verdaderamente humana  cuando está integrada en la relación de persona a persona, en el don mutuo total y temporalmente ilimitado del hombre y de la mujer”

Bellas y aparentemente certeras las anteriores palabras, sin embargo en ellas, aunque se expliciten valores de la sexualidad humana en el fondo no difieren mucho de lo que anteriormente hemos comentado, pues estos valores que ahora se señalan siguen estando supeditados a la función reproductora humana, de modo que  ninguno de ellos pueden ser buscados fuera de tal función. Junto a ello subraya que la integración de tales valores  en la persona han de ser logrados a través de la virtud de la castidad. Supeditando a una persona libre a reglas y normas externas a la misma persona humana.

TICIO Y BERTA.

La anterior consideración viene avalada por el hecho de que, desde el punto de vista de la moral sexual concreta, nada ha cambiado, pues lo que en la moral de los padres de la Iglesia se consideraba pecado, se sigue considerando pecado en nuestros días, y lo que en la moral casuística se señalaba como desordenado, se considera desordenado también hoy. Pues el principio que se aducía para determinar la existencia o no de pecado en los pasados tiempos se sigue aplicando en los presentes. Tal principio lo podíamos expresar así: Los placeres naturales los proporciona la naturaleza  para el cumplimiento de una función, así el placer de la comida y la bebida tiene como finalidad la conservación de la vida humana, el placer que proporciona el ejercicio de la sexualidad tiene como finalidad hacer fácil y apetecible el acto procreador, con la finalidad de la conservación de la especie humana, la búsqueda de este placer fuera del ejercicio de la función procreadora , es pecado, y además un pecado grave, pues en estos actos no  hay parvedad de materia.

Aplicando este principio a situaciones concretas sucede, por ejemplo, que un beso dado a una mujer, aunque sea la propia novia,  con la finalidad expresa de producirse el placer sexual, es un pecado grave. Es lo que decía la moral de Ferreres y la de los moralistas casuisticos.

Leyendo el Catecismo de la Iglesia Católica algo parece haber cambiado en lo referente a la moral sexual concreta y es en lo que se dice sobre la masturbación, pues después de afirmar  que la masturbación es en sí misma un acto gravemente desordenado, sin embargo : “ para emitir un juicio justo acerca de la responsabilidad moral de los sujetos y para orientar la acción pastoral, ha de tenerse en cuenta la inmadurez afectiva, la fuerza de los hábitos contraídos, el estado de angustia u otros factores psíquicos o sociales que reducen , e incluso anulan la culpabilidad moral”

¡ Vamos ! que hay que ser un tarado/a. Pero,   estos factores ¿ son sólo aplicables al acto de la masturbación ? ¿ No son aplicables al resto de los actos sexuales ? ¿ Por qué ?

El tema del control de natalidad tal como aparece en la Encíclica Humani Vitae de Pablo VI es otra muestra de lo que venimos diciendo. En cierta medida la encíclica complica la situación de los esposos en lo relativo al uso de la sexualidad, pues en ella aparece de forma expresa la obligación de  la paternidad responsable.

PARTENIDAD Y MATERNIDAD RESPONSABLE.

Finalmente el tratamiento dado al tema de la homosexualidad y el lesbianismo es igualmente otro ejemplo,  como mínimo, de irracionalidad.

Con ocasión de la ley española por la que se permite contraer matrimonio a las parejas homosexuales, se han escuchado  las condenas sobre tal ley, ésta se ha centrado en la equiparación y en la denominación de matrimonio a tales uniones,  creo que no se ha escuchado ninguna reprobación de dicha ley, porque la misma puede ser considerada como una injuria a las personas homosexuales.

Desde hace tiempo los homosexuales habían venido exigiendo un reconocimiento de la  peculiaridad de su sexualidad, con relación a la heterosexualidad, con dicha ley lo que se ha hecho es considerar a los homosexuales como si fueran heterosexuales. Esto mismo se ha puesto de manifiesto en el tema del derecho a adoptar a los menores, como si la adopción fuera un derecho que tienen las personas, bien sean casadas, o solteras, heterosexuales u homosexuales, pues la realidad  es que el derecho a la adopción en quienes reside es en los menores, son ellos los que tienen derecho a ser adoptados y la sociedad quien tiene el deber de darlos en adopción a quienes mejor puedan  atenderlos como personas humanas.

MATRIMONIO HOMOSEXUAL.

Finalmente y siguiendo con el tema de la homosexualidad  tengo la idea de que algún obispo daría  como buena la ley española  si la misma no la equiparara y llamara matrimonio, lo que según la doctrina de la Iglesia con respecto a la sexualidad  tendría  mayores repercusiones que tal denominación y equiparación, pues supondría la aceptación de que existen realmente dos tipos diferentes de sexualidad humana, la heterosexual y la homosexual, lo que nos llevaría a separar la sexualidad de la función reproductora como fin principal.

Posiblemente quien lea este artículo esté pensando en preguntar cual seria la alternativa a esta doctrina sobre el sexo de la Iglesia católica, que se acaba de exponer.

La respuesta a tal pregunta supondría una reflexión por lo menos similar a la que terminamos de hacer aunque creo que para ella hay una respuesta muy amplia  en las enseñanzas de la misma Iglesia católica y es la que dice que todos los mandamientos de la ley de Dios se reducen a dos, a amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como así mismo, lo que aplicado a la sexualidad podría expresarse así: Todo aquello que contribuye a la destrucción de la persona humana , bien sea la propia o ajena es desordenado y aquello que la construye es naturalmente ordenado, pues la moral de la persona humana ha de regirse en todos los casos por este principio.

Termino con un  dicho de un paisano de mi maestro Don Quijote, natural de Almodóvar del Campo, lugar a un tiro de escopeta nombrado por  el hidalgo manchego, el nombre del dicho lugar es Tirteafuera y el del otro manchego el  maestro y santo Juan de Ávila, quien aconsejaba :” lo que en su corazón pase con Dios cállelo con grande aviso, como debe callar la mujer casada lo que con su marido pasa en la cama, y no diga palabra por la que la puedan tener en algo” ( Carta V. O.C. B.A.C )

quijotediscipulo.

 

or SIC el 21 de diciembre de 2010.

A propósito de algunas lecturas de “Luz del mundo” //

Con ocasión de la publicación del libro-entrevista de Benedicto XVI, Luz del mundo, se han difundido diversas interpretaciones incorrectas, que han creado confusión sobre la postura de la Iglesia Católica acerca de algunas cuestiones de moral sexual. El pensamiento del Papa se ha instrumentalizado frecuentemente con fines e intereses ajenos al sentido de sus palabras, que resulta evidente si se leen por entero los capítulos en donde se trata de la sexualidad humana. El interés del Santo Padre es claro: reencontrar la grandeza del plan de Dios sobre la sexualidad, evitando su banalización, hoy tan extendida.

Algunas interpretaciones han presentado las palabras del Papa como afirmaciones contrarias a la tradición moral de la Iglesia, hipótesis que algunos han acogido como un cambio positivo y otros han recibido con preocupación, como si se tratara de una ruptura con la doctrina sobre la anticoncepción y la actitud de la Iglesia en la lucha contra el sida. En realidad, las palabras del Papa, que se refieren de modo particular a un comportamiento gravemente desordenado como el de la prostitución (cfr. Luz del mundo, pp. 131-132), no modifican ni la doctrina moral ni la praxis pastoral de la Iglesia.

Como se desprende de la lectura del texto en cuestión, el Santo Padre no habla de la moral conyugal, ni tampoco de la norma moral sobre la anticoncepción. Dicha norma, tradicional en la Iglesia, fue reafirmada con términos muy precisos por Pablo VI en el n. 14 de la encíclica Humanae vitae, cuando escribió que «queda además excluida toda acción que, o en previsión del acto conyugal, o en su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga, como fin o como medio, hacer imposible la procreación». Pensar que de las palabras de Benedicto XVI se pueda deducir que en algunos casos es legítimo recurrir al uso del preservativo para evitar embarazos no deseados es totalmente arbitrario y no responde ni a sus palabras ni a su pensamiento. En este sentido, el Papa propone en cambio caminos que sean humana y éticamente viables, que los pastores han de potenciar «más y mejor» (cf. Luz del mundo, p. 156), es decir, caminos que respeten plenamente el nexo inseparable del significado unitivo y procreador de cada acto conyugal, mediante el eventual recurso a métodos de regulación natural de la fertilidad con vistas a la procreación responsable.

BENEDICTO XVI.

En cuanto al texto en cuestión, el Santo Padre se refería al caso completamente diferente de la prostitución, comportamiento que la doctrina cristiana ha considerado siempre gravemente inmoral (cf. Concilio Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et spes, n. 27; Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2355). Con relación a la prostitución, la recomendación de toda la tradición cristiana –y no sólo de ella– se puede resumir en las palabras de san Pablo: «Huid de la fornicación» (1 Co 6, 18). Por tanto, hay que luchar contra la prostitución; y las organizaciones asistenciales de la Iglesia, de la sociedad civil y del Estado han de trabajar para librar a las personas que están involucradas en ella.

En este sentido, es necesario poner de relieve que la situación que en muchas áreas del mundo se ha creado por la actual difusión del sida, ha hecho que el problema de la prostitución sea aún más dramático. Quien es consciente de estar infectado con el VIH y que por tanto puede contagiar a otros, además del pecado grave contra el sexto mandamiento comete uno contra el quinto, porque conscientemente pone en serio peligro la vida de otra persona, con repercusiones también para la salud pública. A este respecto, el Santo Padre afirma claramente que los profilácticos no son «una solución real y moral» del problema del sida, y también que la «mera fijación en el preservativo significa una banalización de la sexualidad», porque no se quiere afrontar el extravío humano que está en el origen de la transmisión de la pandemia. Por otra parte, es innegable que quien recurre al profiláctico para disminuir el peligro para la vida de otra persona, intenta reducir el mal vinculado a su conducta errónea. En este sentido, el Santo Padre pone de relieve que recurrir al profiláctico con «la intención de reducir el peligro de contagio, es un primer paso en el camino hacia una sexualidad vivida en forma diferente, hacia una sexualidad más humana». Se trata de una observación completamente compatible con la otra afirmación del Santo Padre: «Ésta no es la auténtica modalidad para abordar el mal de la infección con el VIH».

Algunos han interpretado las palabras de Benedicto XVI valiéndose de la teoría del llamado “mal menor”. Esta teoría, sin embargo, es susceptible de interpretaciones desviadas de tipo proporcionalista (cf. Juan Pablo II, Encíclica Veritatis splendor, nn. 75-77). No es lícito querer una acción que es mala por su objeto, aunque se trate de un mal menor. El Santo Padre no ha dicho, como alguno ha sostenido, que la prostitución con el recurso al profiláctico pueda ser una opción lícita en cuanto mal menor. La Iglesia enseña que la prostitución es inmoral y hay que luchar contra ella. Sin embargo, si alguien, practicando la prostitución y estando además infectado por el VIH, se esfuerza por disminuir el peligro de contagio, a través incluso del uso del profiláctico, esto puede constituir un primer paso en el respeto de la vida de los demás, si bien el mal de la prostitución siga conservando toda su gravedad. Dichas apreciaciones concuerdan con lo que la tradición teológico moral ha sostenido también en el pasado.

En conclusión, los miembros y las instituciones de la Iglesia Católica deben saber que en la lucha contra el sida hay que estar cerca de las personas, curando a los enfermos y formando a todos para que puedan vivir la abstinencia antes del matrimonio y la fidelidad dentro del pacto conyugal. En este sentido, hay que denunciar también aquellos comportamientos que banalizan la sexualidad, porque, como dice el Papa, representan precisamente la peligrosa razón por la que muchos ya no ven en la sexualidad una expresión de su amor. «Por eso la lucha contra la banalización de la sexualidad forma parte de la lucha para que la sexualidad sea valorada positivamente y pueda desplegar su acción positiva en la totalidad de la condición humana» (Luz del mundo, p. 131).

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