EL INFIERNO DE VAN DYCK

UNA  VERDAD MALDITA.

 Una definición  de Dios del catecismo católico del P. Ripalda  decia: “ Dios es  un ser infinitamente bueno, sabio, poderoso , principio y fin de todas las cosas.

            En esta definición no se incluía un aspecto  de la idea de Dios que el catolicismo prácticamente desde sus comienzos predicó a los fieles, tal idea se puede describir de diferentes formas pero conteniendo el mismo fondo, sería más o menos éste: “Dios es una persona capaz de estar contemplando por toda la  eternidad el sufrimiento de unos hombres juzgados y condenados por Él  al  infierno,  a causa de sus pecados, sin que tales sufrimientos le produzcan ninguna compasión pues tal condena tiene como causa la justicia y santidad de Dios”

            El  mismo catecismo, definía  el infierno como” el conjunto de todos los males sin mezcla de bien alguno”. Los predicadores de la Iglesia católica de todos los tiempos  han explicitado  esta lacónica definición con descripciones que, como poco, ponen de manifiesto la capacidad imaginativa de sus autores.

            Una de las descripciones más antiguas de los sufrimientos de los condenados al infierno nos la ofrece el texto apócrifo del siglo II llamado el Apocalipsis de san Pedro, con estas palabras.

 EL APOCALISIS DE SAN PEDRO. APÓCRIFO DEL SIGLO II.            

Vi también otro lugar frente a éste, terriblemente triste, y era un lugar de castigo, y los que eran castigados y los ángeles que los castigaban vestían de negro, en consonancia con el ambiente del lugar. 22.

Y algunos de los que estaban allí estaban colgados por la lengua: éstos eran los que habían blasfemado del camino de la justicia; debajo de ellos había un fuego llameante y los atormentaba. 23.

Y había un gran lago, lleno de cieno ardiente, donde se encontraban algunos hombres que se habían apartado de la justicia; y los ángeles encargados de atormentarlos estaban encima de ellos. 24.

También había otros, mujeres, que colgaban de sus cabellos por encima de este cieno incandescente; éstas eran las que se habían adornado para el adulterio. Y los hombres que se habían unido a ellas en la impureza del adulterio pendían de los pies y tenían sus cabezas suspendidas encima del fango, y decían: No creíamos que tendríamos que venir a parar a este lugar. 25.

Y vi a los asesinos y a sus cómplices echados en un lugar estrecho, lleno de ponzoñosos reptiles, y eran mordidos por estas bestias, y se revolvían en aquel tormento. Y encima de ellos había gusanos que semejaban nubes negras. Y las almas de los que habían sido asesinados estaban allí y miraban al tormento de aquellos asesinos y decían: ¡Oh Dios!, rectos son tus juicios. 26.

Muy cerca de allí vi otro lugar angosto, donde iban a parar el desagüe y la hediondez de los que allí sufrían tormento, y se formaba allí como un lago. Y allí había mujeres sentadas, sumergidas en aquel albañal hasta la garganta; y frente a ellas, sentados y llorando, muchos niños que habían nacido antes de tiempo; y de ellos salían unos rayos como de fuego que herían los ojos de las mujeres; éstas eran las que habían concebido fuera del matrimonio y se habían procurado aborto. 27.

Y otros hombres y mujeres eran quemados hasta su mitad, y arrojados a un lugar oscuro y golpeados por espíritus malvados; y sus entrañas eran devoradas por gusanos que nunca acababan. Y éstos eran los que habían perseguido a los justos, y los habían entregado [a la muerte]. 28.

Y cerca de aquellos, había nuevamente hombres y mujeres que se mordían sus propios labios en tormentos, y eran heridos por un hierro candente en sus ojos. Y éstos eran los que habían blasfemado y difamado el camino de la justicia. 29.

IMÁGENES DEL INFIERNO.

Y enfrente a éstos, otros hombres y mujeres se mordían sus lenguas, y tenían fuego ardiente en sus bocas. Y éstos eran los que habían sido testigos falsos. 30.

Y en otro lugar había guijarros más puntiagudos que espadas o que pinchos, candentes; y unos hombres y mujeres andrajosos, con harapos inmundos, rodaban sobre ellos en tormento. Y éstos eran los que habían sido ricos y confiaban en sus riquezas, y no se compadecían de los orfanatos y las viudas, y desdeñaban los mandamientos de Dios. 31.

Y en otro gran lago, lleno de materia hedionda (pus) y sangre y cieno ardiente, se encontraban unos hombres y mujeres sobre sus rodillas. Y éstos eran los que habían sido usureros, y demandaban interés sobre interés. 32.

Y otros hombres y mujeres eran arrojados desde un gran abismo, y cuando llegaban al fondo, eran conducidos nuevamente hasta la cima por aquellos que estaban sobre ellos, y volvían a ser arrojados, y su tormento no tenía fin. Y éstos eran los que habían profanado sus cuerpos comportándose como mujeres, y las mujeres que estaban con ellos eran las que se habían acostado entre ellas, como si fueran hombres con mujeres. 33.

Y junto al abismo estaba un lugar lleno de fuego, y allí se encontraban los hombres que habían tallado con sus propias manos imágenes para sí mismos suplantando a Dios. Y junto a éstos estaban otros hombres y mujeres con varas de fuego, y se golpeaban unos a otros, y no cesaban de atormentarse de esta manera. 34.

Y, cerca de ellos, otros hombres y mujeres se quemaban,  revolvían, y asaban. Y éstos eran los que habían abandonado el camino de Dios. (Fuentes: vers. 21 – 26: Patrología, por Johannes Quasten BAC )

Esta descripción tiene el interés sobreañadido de decirnos cuales son los pecados por los que los hombres y mujeres moradores de aquel lugar habían sido condenados, están subrayados . Es cierto que procede de un texto apócrifo,  no admitido por la Iglesia que con su silencio estaría rechazando

.

ARROJADOS AL LAGO DE AZUFRE  POR LA ETERNIDAD.

            Pero esta  descripción tan cercana al origen de la Iglesia católica ha sido emulada por maestros de la espiritualidad cristiana en  todos los tiempos.

Veamos una descripción más cercana la de :

Fray Luis de Granada: Libro de la oración y meditación, Meditación para el viernes por la noche, las penas del infierno

 Cap. XIII:

  “3. Porque así como los malos ofendieron a Dios con todos sus miembros y sentidos, y de todos hicieron armas para servir al pecado, así ordenará El que todos sean allí atormentados, y cada uno de ellos padezca su propio tormento y pague su merecido.         

Allí, pues los ojos deshonestos y carnales serán atormentados con la visión horrible de los demonios; los oídos, con la confusión de las voces y gemidos que allí sonarán; las narices, con el hedor intolerable de aquel sucio lugar; el gusto, con rabiosísima hambre y sed; el tacto de todos los miembros del cuerpo, con frío y fuego incomparable…

 6. Mas allende de estas penas generales hay otras particulares que allí padecerá cada uno conforme a la calidad de su delito.

 Porque una será allí la pena del soberbio, otra la del envidioso, otra la del avariento y otra la del lujurioso, y así de los demás. En lo cual resplandecerá maravillosamente la sabiduría y justicia divina, la cual en tan grande infinidad de culpas y culpados, sabrá tan perfectamente todos los excesos de cada uno y medirá como con una balanza la pena de su delito, como dijo el Sabio.

  Allí se tasará el dolor conforme el deleite recibido… Así mandó Dios que fuese castigada aquella mala mujer del Apocalipsis que estaba sentada sobre las aguas del mar con un cáliz en la mano lleno de ponzoñosos deleites, contra la cual se fulminó aquella sentencia del cielo, que decía: Cuanto se ensalzó y gozó de sus deleites, tanto le dad de tormento y llanto.

 Cap. XIV:

 9. Y no solamente los atormentará el frío y el fuego, sino también los mismos demonios con figuras horribles de fieras y monstruos espantables, en que se les aparecerán; los cuales con su vista atormentarán los ojos adúlteros y deshonestos, y los que se pintaron con artificiosos colores para ser lazos hermosos y redes de Satanás.

11. … un hedor incomparable que habrá en aquel lugar para castigo de los olores y atavíos que los hombres carnales y mundanos buscaron en este mundo, como lo amenaza Dios por Isaías…

Porque se envanecieron las hijas de Sión y anduvieron los cuellos levantados, halconeando con los ojos y pavoneándose en su pasear, haciendo alarde de sus pompas y riquezas entre los flacos y desnudos, por tanto el Señor les pelará los cabellos de la cabeza, con todos los otros atavíos profanos, y darles ha en lugar de los suaves olores, hedor; en lugar de la cinta, una soga; en lugar de los cabellos ondeados, la calva pelada, y en lugar de la faja de los pechos, un cilicio.

18. Mas mucho mayor aun será cuando se pongan a medir la duración de los placeres pasados con la de los dolores presentes, y vean cómo los placeres duraron un punto y los dolores durarán para siempre.

20. “¡Oh mil veces malaventurado de mí, que así me engañé! Maldito sea quien me engañó y maldito quien no me castigó!”.

 

 

IMÁGENES DEL INFIERNO.

Cualquier católico medianamente devoto sabe que tales descripciones no son propias de tiempos pasados pues las mismas las deben haber escuchado no pocas veces en labios de sus sacerdotes, de forma especial en las misiones populares, en los ejercicios espirituales, en los que sin duda se les habrá dicho que al infierno se puede ir por un solo pecado mortal, entendiendo como tal el incumplimiento de cualquiera de los mandamientos de Dios y de su Iglesia.

            Lo menos que se puede decir de esta enseñanza de la Iglesia católica es que es una verdad “maldita” en el sentido literal y etimológico de la palabra, es decir una verdad male-dicta, mal dicha y que tal maldición ha producido y sigue produciendo no pocos  efectos negativos en los fieles católicos.

            El primero comprobar que gran parte de los católicos practicantes tienen una vida cristiana fundamentada en el miedo, y como consecuencia una vida distante del cumplimiento del primer y principal mandamiento: “ Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas, este es el primero y principal mandamiento.” Resulta muy difícil amar a un Dios que amenaza con un castigo tan horrible como es el infierno.

           El segundo producir en muchos creyentes escrúpulos terribles  de conciencia que les hace vivir angustiados por no saber si se encuentran en camino de la salvación.

            En tercer lugar notar que con relación a la existencia del infierno eterno se  ha pasado en la Iglesia de la afirmación de Santa Teresa que afirmaba haber visto a las almas caer en el infierno como caen las hojas de los árboles en otoño a la afirmación atribuida al papa Pablo VI de que no se podía decir que nadie estuviera en el infierno. Relacionado con lo anterior está la constatación de que en el catolicismo se ha pasado en pocos años de hacer del infierno tema frecuente y habitual de la predicación,  a un silencio prácticamente total sobre el mismo.

MARTIN LUTERO Y SUS 95 TESIS.        

Una de las épocas, dentro de la historia de la Iglesia, en la que la búsqueda de encontrar seguridad en la salvación se convirtió  en centro de distintas espiritualidades, fue el siglo XVI, de esta búsqueda nació el luteranismo y la espiritualidad protestante de la justificación por la fe, igualmente la espiritualidad del Beneficio de Cristo de Valdés, de los Recogidos y del Cristocentrismo  de san Juan de Ávila.

SAN JUAN DE ÁVILA.

Repasando los escritos de éste último, especialmente su Epistolario, se encuentran bastantes cartas dirigidas a personas, especialmente religiosas, religiosos y sacerdotes que vivían angustiados por el problema de la salvación.

El mismo Juan de Ávila describe este fenómeno de un modo claramente autobiográfico cuando dice: “ ¡ Oh Señor, y qué amarga cosa es haber pecado y cuán presto se hace llaga en el ánima y cuánto tarda en ella el arrepentimiento!… Gran dolor es haber pecado y espina que nunca sale mientras el hombre en esta vida viviere. Porque si no sabe que le está perdonado ¿ qué lugar tendrá el corazón para la alegría …? Y si alguna vez quiere la bondad de Dios quitar ese temor, y con secretas inspiraciones y con caricias alegrar al hombre, dándole a entender por algunas señales que está perdonado diciéndole, vete en paz, que es lo que más deseaba, quitarse ha entonces el temor, pero no el dolor…” ( Cf. Carta 5 ).

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