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JUAN MELÉNDEZ VALDÉS PINTADO POR GOYA.

JUAN MELÉNDEZ VALDÉS  DE LA CONTEMPLACIÓN DE LA NATURALEZA AL ENCUENTRO DEL DIOS DEL CRISTIANISMO.

            Estos son los puntos de los que nos ocuparemos en el tema:

1.-Reseña biográfica.

2.-Su obra.

3.-Las Odas Sagradas de Juan Meléndez Valdés.

4.- En busca de la Paz y vida descansada en sus Silvas por  el contacto con la naturaleza.

JUAN Meléndez Valdés nació el 11 de marzo de 1754 en Ribera del Fresno (provincia de Badajoz)

 1.-RESEÑA BIOGRAFÍA.

           Juan Meléndez Valdés nació en Badajoz (España) el 11 de marzo de 1754 y falleció en Montpellier (Francia) el 24 de mayo de 1817..

            Cuando Juan tenía siete años, su madre falleció, hecho que lo marcó considerablemente y lo llevó a volcarse con afición en la poesía con el fin de calmar a su dolido corazón.

            Pese a haberse dedicado a las leyes, se hizo conocido como poeta y difusor de las artes  y  alcanzó  una gran fama por todo el país. siendo  conocido por todos los intelectuales, poetas y escritores de la época..

            En 1798 comienza a ejercer de fiscal durante siete meses y con el favor de Jovellanos, obtiene los destinos sucesivos de juez de la corte en Zaragoza en 1789, canciller en Valladolid en 1791 y fiscal de la Sala de Alcaldes de la Casa y Corte en Madrid en 1797, cargo que ocupará apenas siete meses.

            En el año 1808, durante la ocupación francesa de España, fue nombrado director de Instrucción Pública, al ponerse al lado de  José I, y tras la derrota de Napoleón se exilió en Francia, instalandose en Montpellier donde falleció.

Juan Meléndez Valdés (1754-1817), biblioteca de autor sobre la figura y obra de uno de los personajes más importantes de las letras dieciochescas

2.-SU OBRA.

Título: Batilo. Égloga en albanza de la vida del campo.

 Título: Las bodas de Camacho el Rico : comedia pastoral

Título: Discurso de apertura de la Real Audiencia de Extremadura (27 de abril de 1791).

Título: Discursos forenses .

Título: Idilio al Señor Don Gaspar de Jovellanos: en verso.

Título: La paloma de Filis: odas: Otros cantan de Marte / las lides.

Título: Poesías de D. Juan Meléndez Valdés. 1754-1817

Título: Poesías escogidas. Tomo II.

Título: Poesías. Tomo I .

 Título: Poesías. Tomo II

Título: Prosa  Juan Meléndez Valdés; edición de Emilio Palacios Fernández

Epistolario. Está formado por una colección de medio centenar de cartas.

 CASA EN LA CALLE MELÉNDEZ VALDÉS DE BADAJOZ.

           Meléndez Valdés es el poeta que ofrece una producción lírica más abundante de su siglo y el que mejor refleja las maneras poéticas y la diversidad de los estilos del Setecientos.

             El primer género que cultivó fue la oda anacreóntica. Estamos ante una literatura frívola, galante y sensual que refleja las exquisiteces del llamado estilo Rococó,

            Canta la alegría de vivir, los amores gozosos, los placenteros banquetes, los bailes y las danzas en ambiente pastoril, con un leve fondo de paisaje que rememora el locus amoenus clásico.

            Uno de los grupos poéticos de mayor entidad, por su número y densidad, es el de las odas filosóficas y sagradas dominadas por un tono meditativo. 

            Una parte sustancial de la poesía que escribe Meléndez en los últimos tiempos adquiere un tono sentimental que preludia la mentalidad romántica.

( Cf. http://www.cervantesvirtual.com/obra…/00ec3766-82b2-11df-acc7-002185ce.

RIBERA DEL FRESNO DONDE NACIO MELÉNDEZ VALDÉS.

 3.- LAS ODAS SAGRADAS DE JUAN MELÉNDEZ VALDÉS.

.           Uno de los grupos de mayor entidad, por densidad, es el de las Odas filosóficas y Sagradas dominadas por un tono meditativo e inspiradas en los clásicos y en Fray Luis de León.

            Son poemas desgarrados, en los que intenta hacer frente a su desgracia buscando razones morales y religiosas que encuentra en la amistad, el amor, la virtud, la evasión y la alabanza del campo…

ODA II. LA PRESENCIA DE DIOS.

 Do quiera que los ojos

Inquieto torno en cuidadoso anhelo,                     

Allí, gran Dios, presente                 

Atónito mi espíritu, te siente.                     

Allí estás, y llenando 5        

La inmensa creación, so el alto empíreo               

Velado en luz te asientas,                

Y tu gloria inefable a un tiempo ostentas,            

La humilde yerbecilla                     

Que huelo, el monte que de eterna nieve   10      

Cubierto se levanta,             

Y esconde en el abismo su honda planta;             

El aura que en las hojas                 

Con leve pluma susurrante juega,             

Y el sol que en la alta cima  15      

Del cielo ardiendo el universo anima;                   

Me claman, que en la llama            

Brillas del sol: que sobre el raudo viento              

Con ala voladora                 

Cruzas del occidente hasta la aurora;        20      

Y que el monte encumbrado                      

Te ofrece un trono en su nevada cima,                 

Y la yerbecilla crece            

Por tu soplo vivifico y florece.     

              

 Tu inmensidad lo llena        25      

Todo, señor, y más; del invisible                

Insecto al elefante,               

Del átomo al cometa rutilante.                   

Tú a la tiniebla obscura                  

Das su pardo capuz, y el sutil velo  30      

A la alegre mañana,            

Sus huellas matizando de oro y grana.                 

Y quando primavera                      

Desciende al ancho mundo, afable ríes                 

Entre sus gayas flores,         35      

Y te aspiro en sus plácidos olores.             

Y quando el inflamado                   

Sirio más arde en congojosos fuegos,                    

Tú las llenas espigas            

Volando mueves y su ardor mitigas.          40    

  

 Si entonces al bosque umbrío                   

Corro, en su sombra estás, y allí atesoras             

El frescor regalado,             

Blando alivio a mi espíritu cansado.                     

Un religioso miedo    45      

Mi pecho turba, y una voz me grita:                     

En este misterioso                

Silencio mora, adórale humildoso.            

Pero a par en las ondas                  

Te hallo del hondo mar. los vientos llamas,           50      

y a su saña lo entregas;                   

O si te place, su furor sosiegas.                  

  Por do quiera infinito                   

Te encuentro y siento; en el florido prado           

Y en el luciente velo  55      

Con que tu umbrosa noche entolda el cielo. 

Que del átomo eres              

El Dios, y el Dios del sol del gusanillo                   

Que en el vil lodo mora                   

Y el ángel puro que tu lumbre adora.        60      

 Igual sus himnos oyes,                   

Y oyes mi humilde voz, de la cordera                   

El plácido balido,                 

Y del león el hórrido rugido,                      

Y a todos dadivoso   65      

Acorres, Dios inmenso, en todas partes                

Y por siempre presente.                 

¡Ay! oye a un hijo en su rogar ferviente.              

  Óyele blando y mira                      

Mi deleznable ser: dignos mis pasos           70      

De tu presencia, sean,                     

Y do quier tu deidad mis ojos vean.                      

Hinche el corazón mío. 

De un ardor celestial, que a quanto existe            

Como tú se derrame,            75      

Y, o Dios de amor, en tu universo te ame.            

Todos tus hijos somos:                    

El tártaro, el lapón, el indio rudo,             

El tostado africano              

Es un hombre, es tu imagen, y es mi hermano.     80

      

 COMENTARIO.

        El contenido de la Oda habla por sí sola, habla de un Dios presente en la creación, que nos recuerda los Salmos que invitan a toda la creación que alabe a su Creador.

            Expresan la esperanza y el anhelo de la transcendencia divina de su autor que se le manifiesta abierto a la comprensión al  amor tierno y universal.

            No deja el autor de expresar  el centro de la visión cristiana de Dios su paternidad universal le permite llamarle Padre y a nosotros hermanos de los hombres de toda raza.

            ES UN HOMBRE , ES TU IMAGEN, Y ES MI HERMANO, termina diciendo.

 4.- EN BUSCA DE LA PAZ Y VIDA  DESCANSADA EN SUS SILVAS  POR EL CONTACTO CON LA NATURALEZA.

 SILVA VII. MI VUELTA AL CAMPO.

 Ya vuelvo a ti,

Pacífico retiro.

Altas colinas, valle silencioso,

Término a mis deseos,

Faustos me recibid: dadme el reposo,

Por que en vano suspiro

Entre el tumulto y tristes devaneos

De la corte engañosa.

Con vuestra sombra amiga

Mí inocencia cubrid, y en paz dichosa

Dadme esperar el golpe doloroso

De la parca enemiga,

Que lento alcanze a mi vejez cansada,

Qual de otoño templado

En deleytosa tarde desmayada

Huye su luz del cárdeno occidente

El rubio sol con paso sosegado.

¡O! ¡como, vegas plácidas, ya siente

Vuestro influxo feliz el alma mía!

Os tengo, os gozaré; con libre planta

Discurriré por vos: veré la aurora,

Bañada en perlas que riendo llora,

Purpúrea abrir la puerta al nuevo día,

Su dudoso esplendor vago esmaltando

Del monte que a las nubes se adelanta,

La opuesta negra cumbre.

Del sol naciente la benigna lumbre

Veré alentar, vivificar el suelo,

Que en nublosos vapores

Adormeciera de la noche el hielo.

Del aura matinal el soplo blando,

De vida henchido y olorosas flores,

Aspiraré gozoso.

El himno de alborada bullicioso

Oiré a las sueltas aves,

Extático en sus cánticos suaves,

Y mi vista encantada,

Libre vagando en inquietud curiosa

Por la inmensa llanada,

Aquí verá los fértiles sembrados

Ceder en ondas fáciles al viento,

De sus plácidas alas regalados:

Sobre la esteva honrada

Allí cantar al arador contento

En la esperanza de la mies futura:

Alegre en su inocencia y su ventura

Más allá un pastorcillo,

Lento guiar sus cándidas corderas

A las frescas praderas,

Tiñendo el concertado caramillo:

Y, el río ondisonante,

Entre copados árboles torciendo,

Engañar en su fuga circulante

Los ojos que sus pasos van siguiendo,

Lento aquí sobre un lecho de verdura,

Allí celando su corriente pura;

Cerrando el horizonte

El bosque impenetrable y arduo monte.

¡O vida! ¡o bienhadada

Situación! ¡o mortales

Desdeñados y obscuros! ¡o ignorada

Felicidad, alivio de mis males!

¡Quando por siempre en vuestro dulce abrigo

Los graves hierros, que aherrojada siente

El alma, romperá! ¡quando el amigo

De la naturaleza

Fixará en medio de ella su morada,

Para admirar contino su belleza,

Y celebrarla en su entusiasmo ardiente!

Otros gustos entonces, otros cuidados

Más gratos llenarán mis faustos días:

De mis rústicas manos cultivados

Los campos que labraron mis abuelos,

Las esperanzas mías

Colmarán y mis próvidos desvelos.

Mi huerta abandonada,

Que apenas hora del colono siente

En su seno la azada,

De hortaliza sabrosa

Verá poblar sus niveladas eras.

Mi mano diligente

Apoyará oficiosa

Ya el vástago a la vid, ya la caída

Rama al frutal, que al paladar convida

Doblada al peso de doradas peras.

Veráme mi ganado

A su salud atento

Solicito contarle, quando lento

Torna al redil de su pacer sabroso.

O en ocio afortunado,

Mientra su ardiente faz el sol inclina,

Solitario filósofo el umbroso

Bosque en la mano un libro discurriendo,

Llenar mi pecho de tu luz divina,

Angélica verdad, las celestiales

Sagradas voces respetoso oyendo,

Que en himnos inmortales,

En medio de las selvas silenciosas,

Do segura reposas,

A sencillo mortal para consuelo

Tal vez dictaste del lloroso suelo,

De las aves el trino melodioso

Allí mi dulce voz despertaría,

Y armónica a las suyas se uniría

Cantando solo el campo y mi ventura,

Allí del campo hablara

Con el pobre colono, y en las penas

De su estado afanoso

Con blandas voces de consuelo llenas

Humano le alentara.

O bien sentado a la corriente pura,

Viva, fresca, esplendente,

Del plácido arroyuelo bullicioso,

Que entre guijuelas huye fugitivo,

Si del vicio tal vez la imagen fiera

Mi memoria afligiera,

El ánimo doliente

Se conhortara en su dolor esquivo;

Y en sus rápidas linfas contemplando

De la vida fugaz el presto vuelo,

Calmara el triste anhelo

De la loca ambición y ciego mando.

Imagen, o arroyuelo,

Del tiempo volador y de la nada

De nuestras alegrías,

Urja de otra apremiada

Tus ondas al nacer se desvanecen,

Y en raudo curso en el vecino río

Tu nombre y tus cristales desaparecen.

Así se abisman nuestros breves días

En la noche del tiempo: así la gloria,

El alto poderío,

La ominosa riqueza

Y lumbre de belleza,

Do ciega corre juventud liviana,

Pasan qual sombra vana,

Solo dolor dexando en la memoria.

¡O! ¡quantas veces mi azorada mente

En tu margen florida,

Contemplando tu rápida corriente,

Lloró el destino de mi frágil vida!

¡Quantas en paz sabrosa

Interrumpí tu plácido ruido

Con mi voz, o arroyuelo, dolorosa,

Y en dulces pensamientos embebido,

A tu corriente pura

Las lágrimas mezclé de mi ternura:

¡Quantas, quantas me viste

Querer de ti apenado separarme,

Y moviendo la planta perezosa,

Cien veces revolver la vista triste

Hacia ti al alejarme,

Oyendo tu murmullo regalado;

Y exclamar conmovido

Con balbuciente acento:

¡Aquí moran la dicha y el contento!

¡O campo! ¡o grato olvido!

¡O libertad feliz! ¡O afortunado

El que por ti de lejos no suspira;

Mas trocando tu plácida llaneza

Por la odiosa grandeza,

Por siempre a tu sagrado se retira!

¡Afortunado, el que en humilde choza

Mora en los campos y en seguir se goza

Los rústicos trabajos, compañeros

De virtud e inocencia,

Y salvar logra con feliz prudencia

Del mar su barca y huracanes fieros!

 

COMENTARIO.

           El autor muestra en esta Silva lo que su alma va buscando : el encuentro del sosiego y paz trasunto de una esperanza de otra tierra en la que definitivamente descanse como en su propia casa:

¡Aquí moran la dicha y el contento!/¡O campo! ¡o grato olvido!/¡O libertad feliz! /¡O afortunado El que por ti de lejos no suspira;/Mas trocando tu plácida llaneza/Por la odiosa grandeza,/Por siempre a tu sagrado se retira!/¡Afortunado, el que en humilde choza/Mora en los campos y en seguir se goza/Los rústicos trabajos, /compañerosDe virtud e inocencia,/Y salvar logra con feliz prudencia/Del mar su barca y huracanes fieros

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