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 MENÉNDEZ PELAYO Y EL CATOLICISMO COMO MODELADOR DEL ESPÍRITU ESPAÑOL.

 Este es el Índice del Tema.

 1.- Reseña biográfica.

2.-La fe católica en la obra de Marcelino Menéndez y Pelayo.

3.- Del Himno de la Creación para la mañana del día del gran ayuno.

 1.-RESEÑA BIOGRÁFICA.

                    Marcelino Menéndez Pelayo: imágenes en claroscuro.


A primera vista parece absurdo pensar que ignoramos mucho de la vida interior de uno de los escritores de quien conservamos más cartas personales. El epistolario publicado de Marcelino Menéndez Pelayo incluye más de quince mil cartas entre las por él escritas y las recibidas. Y sin embargo, esa abundancia de testimonios, esos millones de palabras vertidas por él y por sus corresponsales dejan en la oscuridad muchos puntos de la vida y el carácter de quien tantas veces se ha designado simplemente como el «polígrafo».

No es fácil descubrir la auténtica personalidad, los sentimientos y las emociones de este personaje que a lo largo de su vida se refugió más de una vez en su hábito de erudito, de sabio, de prodigio, de monumento a sí mismo, sin merma, sin embargo de su humanidad, expresión viva de la cual fueron sus varios amores,

Fue indudable que el amor había hecho fuego sobre el estudioso muchacho y que la inspiración era servida por aquel sentimiento para unos versos de corte clásico.        Un año después publica en la revista Miscelánea Científica y Literaria unos sonetos dedicados a I. M., a quien el texto llama Belisa, anagrama de Isabel; en ellos continúa la preocupación del poeta que todo lo ve a través de sus clásicos, hasta el punto que en el año siguiente escribe una elegía en latín dedicada a su musa.       

Su pasión se prolongó durante algún tiempo, y fue mucho después de su muerte cuando sus biógrafos han aclarado el hasta entonces enigma. Viviendo en Barcelona el estudiante, fue de viaje a la ciudad condal su vecino de Santander el impresor Martínez, acompañado de su hija Isabel. Su aparición inflamó la fantasía del joven, que se dedicó a cantarla en cultos y pulcros versos. Es casi seguro que aquel muchacho que con tan perfecta desenvoltura se movía entre libros y sabios se viera afectado entonces, ante una mujer real, de una gran timidez que le impediría toda confesión.

Además, otra vez el amor irrumpió en su vida, y, ¡cómo no!, surgen de su pluma apasionadas y hermosas odas. Se sabe que estuvo a punto de casarse con su prima Concha, pero que este propósito no llegó a feliz término.

UNIVERSIDAD DE BARCELONA.

El estudiante ,


«Un acaso venturoso me trajo como alumno a los bancos de la Universidad de Barcelona». Así decía don Marcelino rememorando a su maestro, Manuel Milá y Fontanals.,,

¡Qué momento para el joven Marcelino! De repente fue uno más, uno de tantos, un desconocido en las aulas y las calles de aquella ciudad maravillosa que le hablaba de libertad y de locuras de juventud, un estudiante que dejaba de ser esa extraña combinación de monumento patriótico, fenómeno de feria, monaguillo intachable y repelente niño “Vicente” que en Santander vivía. Barcelona se grabó en su corazón para siempre….

«Aunque la vida del hombre sea perpetua educación y otras muchas hayan podido teñir con sus varios colores mi espíritu, que, a falta de otras condiciones, nunca ha dejado de ser indagador y curioso, mi primitivo fondo es el que debo a la antigua escuela de Barcelona».

Después la guerra carlista hizo que los padres del joven estudiante prefirieran la mayor seguridad del viaje a Madrid. Allí se encontró con Salmerón como profesor y entre ellos surgió la oposición que culminó con Menéndez Pelayo examinándose en Valladolid de Metafísica, para evitar al ex presidente de la república. Un tribunal el de Valladolid en el que estaba un profesor llamado Gumersindo Laverde.

CASA MUSEO DE MARCELINO MENÉNDEZ PELAYO. SANTANDER.

El polemista.


Comienza aquí una relación singular y difícil de comprender. ¿Cuál era la fascinación de Laverde, cuál su capacidad de seducción para subyugar de tal manera al ardoroso joven que estaba dispuesto a discutir con todo lo que se moviera y a apabullar al mundo con su sabiduría?

Durante varios años, las cartas de Laverde a Menéndez Pelayo van a ser un rosario de encargos, proyectos y programas que el santanderino cumple sin dudarlo y sin apenas cuestionarlo. Menéndez Pelayo parece no saber a dónde dirigir sus muchas, muchísimas energías.

Y Laverde le encauza y le guía, le dirige hacia unos objetivos concretos y definidos. Y así surge el provocador, el polemista, el amante de la controversia, el Menéndez Pelayo más amado y reverenciado para todas las derechas católicas que en esta España han sido, el autor de la Historia de los Heterodoxos Españoles y La Ciencia Española.

Esta carga, esta imagen que tendrá que mantener a lo largo de su vida le va a pesar mucho y al final de su vida, enfermo, cansado, anciano sin haber cumplido los cincuenta y cinco años, se atreve a renegar de ese polemista furibundo «apasionado e inexperto, contagiado por el ambiente de la polémica y no bastante dueño de su pensamiento ni de su palabra». Así recuerda el anciano enfermo al joven autor de los Heterodoxos.

FONDA CUATRO NACIONES.

El hombre de mundo.


Menéndez Pelayo, ya un flamante catedrático, se instala en Madrid en la Fonda de las Cuatro Naciones, donde va a residir quince años. Aún no ha cumplido los veintitrés años, pero rápidamente se integra en la vida social de la capital del reino. Traba amistad con Ramón de Navarrete, Asmodeo, un cronista de la sociedad elegante que le introduce en todos los salones de Madrid y le lleva de la mano por los distintos ambientes de la corte.

El sabio inexperto se convierte rápidamente en un habitual de la vida social madrileña. Juan Valera, a quien ya conocía, se convierte rápidamente en su compañero preferido de andanzas y conversaciones. El joven Marcelino sigue complaciéndose en la compañía de hombres mayores que él. A sus veintidós años se entrega a la misma vida que Valera, por entonces de cincuenta y cinco y Navarrete que ya ha cumplido los sesenta y uno.

Su nuevo estilo de vida escandaliza a sus amigos de Santander y en 1880 Pereda llega en embajada a Madrid para llevarle al buen camino. Pero las prédicas del digno polanquino no tienen mucho efecto. Pereda cuenta, sin grandes esperanzas, el resultado de sus gestiones a Laverde ya que Menéndez Pelayo, en su opinión, «tiene ya muy arraigada la idea de su alto valor y es difícil que crea que puede equivocarse en algo».    

Y además, pese a todas sus prevenciones, el autor de Sotileza no puede dejar de comentar con cierta comprensión que «las atenciones que merece a los más encumbrados personajes y el mimo con que lo tratan en sus mesas y tertulias es una terrible tentación a sus años».

Y concluye Pereda con indisimulada admiración: «Yo no he visto nada parecido a la rapidez con la que ha llegado nuestro amigo, con sus propias fuerzas, a lo más alto entre doctos y legos en aquella sociedad». Pereda no se equivocaba. Menéndez Pelayo no renunció nunca a esa vida que a sus conciudadanos de Santander tanto escandalizaba…

REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA ESPAÑOLA.

El sabio.


Nadie le discutió en vida su condición de sabio. Que lo era desde luego y pocas personas pudieron ostentar ese título con tanta justicia. Pero sabio despistado, pacífico, apartado del mundo, dedicado tan sólo a su ciencia e ignorante de las maniobras del mundo para medrar en él, nunca. Sus despistes, que algunas anécdotas han magnificado, no afectaron nunca a su capacidad para conseguir puestos, sueldos y posición.

Coleccionista incansable de condecoraciones, homenajes, dignidades y encomiendas, se siente insatisfecho del reconocimiento recibido y espera nuevas recompensas, olvidando todas las anteriores cuando alguna le es negada. Su epistolario es una intrincada maraña de recomendaciones recibidas y pedidas, proyectos de cargos y de nombramientos…

Historia que habla de búsqueda de votos, de cartas sobre elecciones, de cálculos, de apoyos y enemistades, de un candidato  a la dirección de tres academias que sólo triunfó (y a la segunda intentona) en la de la Historia.

BIBLIOTECA DE LA CASA MUSEO DE MENÉNDEZ PELAYO. SANTANDER.

 El  bibliotecario.


Si alguna vez un hombre nació para vivir rodeado de libros ese fue Menéndez Pelayo. Como profesor se desempeñó veinte años, pero su interés y dedicación se dirigieron sobre todo a los libros que siempre le interesaron más que los estudiantes. De forma que cuando en 1893 es nombrado Bibliotecario Perpetuo de la Academia de la Historia, trasladó su domicilio a la Academia, donde estaba más cerca de los libros.

Y cuando en 1899 es nombrado Director de la Biblioteca Nacional renuncia a la cátedra y se entrega gozosamente a su auténtico y nunca olvidado amor. «Amó a Dios sobre todas las cosas y al libro como a sí mismo» dice Enrique Menéndez Pelayo de su hermano. «Vivir entre libros es ha sido siempre para mí mi mayor alegría» añade el propio Marcelino.

Y entre todas las bibliotecas la suya, esa «obra de mi paciente esfuerzo» como él mismo indica, construida en el jardín de la casa de su padres, donde en 1885, el erudito que estaba a punto de cumplir la treintena contaba jubiloso a Laverde que ya había reunido 8000 volúmenes. Muchos más llegaron a ser pues no en vano decía su propietario que le había costado muchos sacrificios y desvelos; la «única obra mía de la cual estoy medianamente satisfecho»

REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. MADRID.

El coleccionista de honores.


Jamás se cansó Menéndez Pelayo de los fastos y homenajes, las condecoraciones los honores y las recompensas. Fue un incansable coleccionista de ellas a lo largo de su vida, y las no conseguidas amargaron en demasía su espíritu y le impidieron disfrutar de las que sí tenía.

Académico de la Real Academia de la Lengua, de la de la Historia, de la de Bellas Artes de San Fernando, y de la de Ciencias Morales y Políticas, Bibliotecario perpetuo y después Director de la Academia de la Historia; académico correspondiente de la de Buenas Letras de Barcelona, de la Sevillana de Buenas Letras y de la de San Carlos de Valencia, miembro preeminente de la Academia de Letras Humanas de Málaga, socio honorario de la Sociedad Arqueológica Luliana y de la Arqueológica Tarraconense, miembro de la Academia Aráldica Genealógica Italiana, de la Societé Academique Hispano-Portugais de Toulouse, de la Academia Scientarum Oliponensis, de la Societá Bibliográfica Italiana, de la Hispanic Society of América y de la Royal Society of Literature of the United Kingdom; diputado por Palma de Mallorca y por Zaragoza; senador por la Universidad de Oviedo y por la Academia de la lengua; decano de la facultad de letras de la Universidad de Madrid, vicepresidente del Ateneo, presidente de la Sociedad de Bibliófilos Españoles; Consejero de Instrucción pública, Caballero Gran Cruz de la Orden de Alfonso XII, Comendador de la Legión de Honor y de la Orden del Rey Leopoldo de Bélgica.

Ese afán de títulos y recompensas le llevó a una de las mayores decepciones de su vida: el fracaso en su intento de ser elegido director de la Real Academia de la Lengua. Fue en 1906 y el asunto tuvo sus consecuencias…

Entre los que apoyaron públicamente la candidatura de Menéndez Pelayo se contaban los hermanos Álvarez Quintero, Gregorio Martínez Sierra, Carlos Arniches, Joaquín Dicenta, Pio Baroja, Azorín, Antonio Machado, Felipe Trigo, Álvaro de Albornoz. Manuel Azaña, Pedro Mata, Augusto Barcia, Ramón Pérez de Ayala, Eduardo Zamacois, Francisco Villaespesa, Gabriel Miró..La amargura de Menéndez Pelayo fue indecible.La herida de aquella elección fracasada nunca cicatrizó.

El hombre que quiso vivir y morir con sus mayores.


Por fecha de nacimiento Menéndez Pelayo pudo haber sido un «hombre del 98», o al menos uno de sus precursores: sólo era ocho años mayor que Unamuno, diez años más joven que Joaquín Costa y de la misma edad que «Silverio Lanza».

Pero él quería otra cosa, adelantar en el tiempo y formar parte de la generación de sus mayores, como su amigo Galdós, catorce años mayor que él, como Pereda, primero amigo de sus padres, y luego pupilo y protegido del genio, aunque tuviera veintitrés años más, como Valera, uno de su amigos más íntimos, modelo de Menéndez Pelayo para tantas cosas, que le sacaba ni más ni menos que treinta y dos años.

Y tanto fue su empeño que lo consiguió, convenció a todo el mundo de que la realidad era la que él quería que fuera, y vivió y murió con esa generación. El hombre que quiso ser mayor de lo que era, envejeció antes de lo que debía y murió mucho antes de cuando le correspondía.

En sus últimos días la idea de la muerte se le presenta con frecuencia. «Dondequiera que tiende uno la vista encuentra algún sepulcro» le dice a un antiguo compañero de estudios en el Instituto santanderino. Y es que se encuentra en pleno declive.

En octubre de 1911, llega a Madrid desde Santander, lleno de dolores. La carta en la que cuenta su viaje a su hermano Enrique, médico de carrera, que no de vocación, es la de un hombre muy enfermo: reducida a comer alimentos blandos, cansado, con problemas de riñón, atribulado por la necesidad de acostumbrarse a una dentadura postiza…

En diciembre de ese año le reconoce a uno de sus íntimos, Antonio Rubió, sus temores: «estoy algo delicado de salud, y lo que es peor, aprensivo y preocupado contra mi costumbre, aunque los médicos aseguran que no es cosa grave lo que tengo».

En enero de 1912 responde a una petición de Camile Pitollet confesando que la enfermedad no le permita ya realizar ninguna actividad en la Revista de Archivos.

En marzo, en una carta a uno de sus mejores amigos, Juan Estelrich habla esperanzado de su recuperación, aunque el panorama que le describe no es muy alentador. Pero la recuperación no llega. El 2 de mayo, cuando sólo le quedan diecisiete días de vida, un cansado Menéndez Pelayo escribe a Adolfo Bonilla y San Martín: «Los médicos dicen que adelanto mucho, y quisiera creerles…»

Con razón no les creía. Murió el 19 de mayo, sin llegar a cumplir cincuenta y seis años, dejando una obra inmensa a la que dedicó toda su vida y que fue, hasta sus últimos días, la razón de su existencia.

En esa carta a Bonilla, tras de las noticias de su enfermedad, añade: «Lo que funciona normalmente es la cabeza, a Dios gracias, y ni un solo día dejo de cumplir muy gustosamente la tarea. Al contrario, cada día me encuentro más ágil y dispuesto para el trabajo».

( Cf.Marcelino Menéndez Pelayo – Biblioteca Virtual Miguel de …www.cervantesvirtual.com › Literatura)

 El escritor.

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 Todo lo dicho anteriormente, de Menéndez Pelayo tiene su último fundamento en su obra escrita que ha llegado hasta nosotros perpetuando su nombre.

Marcelino Menéndez Pelayo estuvo centrado con extraordinaria erudición en la historia de las ideas, la interpretación crítica y la historiografía de la Estética, la literatura española e hispanoamericana y a la filología hispánica en general, aunque también cultivó la poesía, la traducción y la filosofía.

. Lo que justifica su nominación para el Premio Nobel de Literatura.

El Consejo Superior de Investigaciones Científicas publicó sus Obras completas en 1940, en 65 volúmenes, sin incluir sus epistolarios y notas.

Existe, por otra parte, una edición en CD que comprende, además de sus Obras completas, su Epistolario y su Bibliografía.

La siguiente relación de sus obras de algunas de sus obras son expresión de lo dicho:

La novela entre los latinos (Santander, 1875). Fue su tesis doctoral.

Estudios críticos sobre escritores montañeses. Telesforo Trueba y Cosío (Santander, 1876).

Polémicas, indicaciones y proyectos sobre la ciencia española (Madrid, 1876).

La ciencia española, 2ª edición refundida y aumentada (Madrid, 1887–1880).

Horacio en España (Madrid, 1877, 2ª ed. 1885).

Estudios poéticos (Madrid, 1878).Odas, epístolas y tragedias (Madrid, 1906).

Traductores españoles de la Eneida (Madrid, 1879).

Traductores de las Églogas y Geórgicas de Virgilio (Madrid, 1879).

Historia de los heterodoxos españoles (Madrid, 1880–1882).

Calderón y su teatro (Madrid, 1881).

Dramas de Guillermo Shakespeare traducción (Barcelona, 1881).

Obras completas de Marco Tulio Cicerón, traducción (Madrid, 1881–1884).

Historia de las Ideas Estéticas en España (Madrid, 1883–1889).

Estudios de crítica literaria (Madrid, 1884).

Obras de Lope de Vega (1890–1902).

Antología de poetas líricos castellanos desde la formación del idioma hasta nuestros días (1890–1908).

Ensayos de crítica filosófica (Madrid, 1892).

Antología de poetas hispano-americanos (1893–1895).

Historia de la poesía hispano-americana (Madrid, 1911).

Bibliografía hispano-latina clásica (Madrid, 1902).

Orígenes de la novela (Madrid, 1905–1915).

El doctor D. Manuel Milá y Fontanals. Semblanza literaria (Barcelona, 1908).

Obras completas (iniciadas en 1911).

«Biblioteca de traductores españoles», en Obras completas (Madrid: CSIC, 1952–1953).

BASÍLICA  DEL SANTO SEPULCRO. JERUSALÉN.

2.- LA FE CATÓLICA EN LA OBRA DE MARCELINO MENÉNDEZ Y PELAYO.

Es un hecho reconocido que Marcelino Menéndez Pelayo ha pasado a la historia como un defensor del catolicismo, tanto en lo que se refiere a su dogmática, como a su moral y sobre todo por la identificación que realizó entre la ortodoxia católica   y el espíritu nacional español.

Este dato es tanto más significativo por darse en una época en la que la mayor parte de los escritores castellanos tuvieron cuna actitud anticatólica y anticlerical, compartiendo la idea de que el atraso cultural de España en Europa tuvo en la Iglesia una de sus principales causas.

El Krausismo profesado por bastantes de estos escritores fue otra de las causas de su actitud anticatólica.

Menéndez Pelayo se cuida de mostrar en varias ocasiones su distancia con el karusismo :

“Yo no soy ni he sido nunca escolástico en cuanto al método: me eduqué en una escuela muy distinta; recibí, siendo niño todavía, la influencia de la filosofía escocesa, y por ella e indirectamente algo de Kantismo, no en cuanto a las soluciones, pero sí en cuanto al procedimiento analítico. A mi maestro Lloréns le debí no una doctrina, sino una dirección crítica, dentro de la cual he vivido siempre, sin menoscabo de la fe religiosa, puesto que se trata de cuestiones lícitas y opinables.» (MPEP 11-517)

Esto te dará muestra, dice en otra ocasión, de lo que son los Krausistas, de cuyas manos quiera Dios que te veas siempre libre. Por lo tanto he determinado examinarme aquí de Estudios críticos sobre Autores. Griegos e Historia de España, y después al paso que voy a Santander, me detengo en Valladolid y me examino allí de Metafísica, librándome así de las garras de Salmerón.» (MPEP 1-104)

El mismo día explica a sus padres sus propósitos de no examinarse con Salmerón y de hacerlo en Valladolid, de paso hacia Santander: «Tú no comprenderás algunas de estas cosas, porque no conoces a Salmerón ni sabes que el krausismo es una especie de masonería en la que los unos se protegen a los otros, y el que una vez entra, tarde o nunca sale. No creas que esto son tonterías ni extravagancias; esto es cosa sabida por todo el mundo» (MPEP 1-106).

Un núcleo importante del reconocimiento del catolicismo de nuestro autor lo encontraremos en el entorno de Acción Española, cuya revista doctrinal católico-monárquica (aparecida en Madrid a finales de 1931) cumplió un papel fundamental de rearme ideológico antirrevolucionario durante la República.

En mayo de 1932 Acción española no dejó pasar en silencio el XX aniversario de la muerte de Menéndez Pelayo, que fue «recordado con mayor intensidad y más emoción que ningún año» en una sesión solemne en la que intervinieron Miguel Herrero-García, Luis Araujo Costa, Pedro Sáinz Rodríguez y Ramiro de Maeztu: «La Sociedad Acción Española encuentra en esta fecha la primera ocasión de acatar el magisterio de Menéndez y Pelayo, y de reconocer públicamente que nuestra actuación de hoy se enlaza con el plan trazado hace sesenta años por el autor de La Ciencia Española.»

La escritora feminista Blanca de los Ríos publicó «Menéndez y Pelayo, revelador de la conciencia nacional» a lo largo de tres números de la revista, &c.

Otro núcleo importante de reconocimiento se encuentra entre presbíteros de la Compañía de Jesús.

En febrero de 1937 (en plena guerra civil, poco antes de la unificación, el mismo mes en el que apareció Los intelectuales y la tragedia española del médico Enrique Suñer) «varios amigos de Menéndez Pelayo» costeaban la edición del opúsculo del jesuita Miguel Cascón S. I., Menéndez Pelayo y la tradición y los destinos de España, en el que tras una «fervorosa adhesión a Menéndez Pelayo», se le considera «testamentario de nuestra antigua cultura», «sus palabras, hitos de luz orientadora», «comprensor y transmisor del genio nacional» y «orientador de nuestra regeneración gloriosa»

Recién terminada la guerra, Miguel Cascón S. I. publicó un voluminoso libro Los jesuítas en Menéndez Pelayo, Valladolid 1940, 613 páginas).

Por su parte el jesuita Arturo María Cayuela S. I. preparó una antología (el nihil obstat es de agosto de 1938) titulada Menéndez y Pelayo, orientador de la cultura española, publicada A. M. D. G., y con el yugo y las flechas en la cubierta, por Editora Nacional (Barcelona 1939, 403 págs.; ampliada en una segunda edición en 1954).

Ya en 1947 Joaquín Iriarte S. J. publicó Menéndez Pelayo y la filosofía española (Razón y Fe, Madrid 1947, 431 páginas), &c.

Entre su ingente obra destaca la temprana Historia de los heterodoxos españoles, en que se ocupó del estudio de la tradición cristiana a través de la historia de España, desde la Edad Media hasta finales del siglo XIX, y desmenuzó la labor de todos los pensadores y escritores perseguidos por la tradición católica española, asumiendo el punto de vista del catolicismo. En su segunda edición corrigió algunos de sus puntos de vista, pero no sus ironías contra los krausistas y los hegelianos.

Con motivo del Centenario de Calderón, Menéndez Pelayo se presentó una vez más como defensor de la cultura de España y de su fe católica.

Habían acudido a la conmemoración muchos profesores de diferentes países; se había hablado de lo divino y humano, y, como suele suceder, muy poco de Calderón e, incluso sin disimulo de sectarismo anticatólico en un homenaje al gran dramaturgo católico español.

PARQUE DEL RETIRO. MADRID.

Todo esto tenía malhumorado a Menéndez Pelayo, quien, obligado a hablar, pronunció un discurso conocido ya por El brindis del Retiro –el parque donde se celebraba el banquete de despedida–, y del que son estos párrafos:

«… Brindo por lo que nadie ha brindado hasta ahora: por las grandes ideas que fueron alma e inspiración de los poemas calderonianos. En primer lugar, por la fe católica, apostólica, romana, que en siete siglos de lucha nos hizo reconquistar el suelo patrio… Por la fe católica, que es el sustantivo, la esencia y lo más grande y lo más hermoso de nuestra teología, de nuestra filosofía, de nuestra literatura y de nuestro arte… En suma, brindo por todas las ideas, por todos los sentimientos que Calderón ha traído al arte; sentimientos e ideas que son los nuestros, que aceptamos por propios, con los cuales nos enorgullecemos y vanagloriamos nosotros, los que sentimos y pensamos como él, los únicos que con razón y con justicia y con derecho podemos enaltecer su memoria…»

Se produjeron grandes revuelos y escándalos y algunos de los asistentes perdieron la serenidad ante el puñado de verdades que les soltó el joven catedrático. Por la noche, enterado su hermano Enrique de lo ocurrido fue a verle, y don Marcelino, sonriéndose, quiso restarle importancia al incidente con una broma: «Se decían muchas tonterías en los brindis que me pusieron de mal humor. Además, la comida fue mala y el champaña, falsificado.»

Este discurso corrió por toda España, y le llovieron felicitaciones de ciudades, prelados y de innumerables personas y corporaciones.

Católico a machamartillo, según su propia expresión, lo fue siempre Menéndez Pelayo, pero católico a secas.

De él escribía Clarín, el conocido crítico y novelista asturiano Leopoldo Alas, en 1886: «No se parece a ninguno de los que brillan en las filas liberales porque respeta y ama cosas distintas; no se parece a los que siguen el lábaro católico porque es superior a todos ellos con mucho, y es católico de otra manera y por otras causas.»

Y en otra ocasión añadía el mismo crítico con punzante ingenio: «Es cristiano y luego tiene la vulgaridad de obrar como tal.»

En la casa paterna, el ilustre sabio, a la vista de su amada Biblioteca, que contenía ya más de 45.000 volúmenes, «la única de sus obras de la que se encontraba medianamente satisfecho», fortalecido con los sacramentos de la Iglesia y besando el crucifijo familiar, cerró los ojos al caer la tarde del 19 de mayo de 1912.  

 SEPULCRO DE MARCELINO MENÉNDEZ Y PELAYO.        

En la catedral de Santander, en el brazo izquierdo del crucero, los restos de Marcelino Menéndez Pelayo fueron colocados en un sepulcro realizado por el escultor Victorio Macho (Palencia 1887-Toledo 1966, exilado en Lima por republicano desde el final de la guerra civil, acababa de regresar en 1952 a la España del general Franco).

Victorio Macho dispuso una figura yacente de piedra que representa a Menéndez Pelayo vestido con sayal de fraile, tal como su cadáver fue amortajado, la cabeza reposando sobre dos grandes infolios, el brazo derecho desfallecido, mientras el otro sostiene sobre el pecho un libro y una cruz.

Al pie del sepulcro, aparece la leyenda atribuida a don Marcelino: «¡Qué lástima tener que morir cuando me quedaba tanto por leer!»

También es de Victorio Macho la Piedad de bronce que completa este monumento funerario.

JUDAH LEVI.

3.- DEL HIMNO A LA CREACIÓN PARA LA MAÑANA DEL DÍA DEL GRAN AYUNO.

Vamos a terminar el tema con parte de la traducción poética que Menéndez y Pelayo hizo del Himno obra de Judah Levi, poeta hebraico-hispano del siglo XII, en concreto de la última parte del Himno referido al Alma, lo transcribimos sin comentario, en todo caso el que pueda proceder de las imágenes que acompañan a casa estrofa.

 EL ALMA.

 I.-

 Bendice, ¡oh alma mía! derivada  

Del puro aliento de la santa boca,  

El nombre del Magnífico, temido  

De serafines en el alto coro. 

 

 II.-

  ¡Oh tú, que de la fuente de pureza  

Espléndida y hermosa procediste;  

Tú que delante de Él doblas la frente,  

Y en su divino nombre eres bendita,  

Bendice a Aquél que te estampó su sello,  

Porque siguieses firme su camino!  

 III

 Bendice, ¡oh alma mía!, manifiesta  

A las miradas de interior sentido,  

Mas no a los ojos de la carne ciega,  

El nombre de Elohim el invisible,  

El fiel ensalzador de tu flaqueza.  

¿Qué boca expresará sus alabanzas?  

Sublimes son las obras de su mente.  

   IV

  Bendice, alma sutil, que sin apoyo  

Llevas el cuerpo, el nombre del que tiene  

Suspendidas sus tiendas en la nada,  

Del que al hijo de Adán dio el intelecto,  

Fiel mensajero de verdad y ciencia.  

  V

Bendice, oh tú que por asirte luchas  

A la flotante fimbria de su veste,  

Y por llegar al escabel sagrado  

Donde sus pies en el santuario asienta,  

El nombre del que ensalza a quien se abate,  

Y entre los serafines le numera.  

VI

 Bendice, ¡oh alma mía! destinada  

A hacer sapiente el corazón del hombre,  

Al Justo que te infunde en la materia,  

Para mover la carne perezosa,  

Para vivificar la sangre hirviente  

Que pierden su color, si te retiras,  

Y se deshacen como el humo al viento;  

Mas sobre ti despuntará florido  

El tallo que germina del Eterno. 

 

 VII

¡Oh tú, que en las tinieblas resplandeces,  

Bendice al esplendor de la justicia,  

Que levantó la puerta de los cielos! 

 

 VIII

  Bendice, ¡oh alma viva! encarcelada  

En cosas muertas, al viviente eterno  

Que con la llama de la gracia alumbra  

Al que en la Ley su espíritu apacienta.  

 IX

 ¡Oh tú, que a la substancia de los cielos  

Etérea, inmaculada, sobrepujas,  

Bendice a quien formó para su gloria  

Al patriarca que en su nombre espera,  

Y con la voz de inmensos beneficios  

Le preparó a gustar de sus arcanos!  

   X

 ¡Tú, que al Perfecto en ciencia conociste,  

Bendice al sabedor de tus deseos,  

Que cumple los anhelos inmortales,  

Y del perdón desatará las aguas  

Si penitente a sus senderos vuelves!  

   XI

  ¡Bendice, hija del Rey, hija querida,  

El nombre del Potente que ha enseñado  

No arcana ley, difícil ni remota:  

«¡Harás misericordia, harás justicia;  

Que en la equidad el Verbo se deleita!»  

XII

Bendice, ¡oh tú, que te conservas santa  

En deleznable y pasajero cuerpo!  

A quien de santidad su frente ciñe,  

Y ante quien los espíritus se avezan  

A repetir por siempre su alabanza,  

Sin consumirse en el sagrado fuego.  

 XIII

 No hay alabanza que su nombre agote;  

Mas bendícele tú, que tan de cerca  

Puedes glorificarle y bendecirle  

En el augusto templo de tu mente.  

XIV

  Tú, que enfrente del Rey sales erguida,  

Para cumplir sus obras en la tierra,  

Bendice a quien te mira desde el trono,  

Y bélica armadura da a su pueblo.  

 XV

Bendice, ¡oh alma mía! que los miembros  

Sostienes del espíritu en las alas,  

El nombre de tu Dios, que en las columnas  

De saber inmortal mantiene el mundo,  

Sobre las almas justas cimentado.  

 XVI

 Tú, que serás de gloria circundada,  

Y de radiante majestad vestida,  

Bendice a Aquél que cuanto ordena cumple,  

De quien tiemblan los impíos confundidos,  

Y cuyo auxilio al vencedor alegra.  

XVII

Bendice al Hacedor, ¡oh margarita!  

Que de tu Dios alumbras los senderos,  

Del Dios que tus plegarias acogiera,  

Cuando corriste a demandarle ayuda.  

   XVIII

  Bendice a Dios, ¡oh forma intelectiva  

Que en el nombre tus huellas estampaste!  

Dios es la Roca en que se apoya el orbe;  

La Justicia y la Fe le llaman justo.  

XIX

 Bendice, ¡oh Santa! al Dios Omnipotente  

Cuya visión tendrás, santificado  

Por innúmeros vates y profetas.  

 XX

 Bendice, ¡oh tú que la justicia sigues!  

Al que en su carro el firmamento cruza,  

Para salvar a su abatida plebe:  

«Dios (así clamarán los poderosos)  

Sobre todas las gentes es excelso.»  

XXI

Tú, que en casa de fango te cobijas,  

Mas de los cielos tu raíz procede,  

Bendice el nombre que resuena en medio  

De siete purísimas legiones,  

De toda mancha y toda culpa netas.  

 XXII

Bendice, ¡oh tú, que de su diestra pendes,  

Como pupila suya muy amada!  

El nombre del Perfecto bendecido  

En todo corazón y en toda lengua,  

Del que a par de la luz formó las almas,  

Al primer son de la palabra suya.  

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