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RAMIRO DE MAEZTU POR RAMÓN CASAS.

RAMIRO DE MAEZTU Y EL CATOLICISMO COMO FUENTE  DE LA HISPANIDAD.

1.- Reseña biográfica.

2.-Su obra.

3.-La religión católica en la obra de Ramiro de Maeztu.

INSTITUTO RAMIRO DE MAEZTU EN VITORIA.

1.-RESEÑA BIOGRÁFICA.

Había nacido en Vitoria el 4 de mayo de 1875, estudiando el bachillerato en dicha ciudad. Cuando tenia 15 años marcha a Paris desde allí a Cuba, estableciéndose con su familia en La Habana. Tres años después regresará a España.

RAMIRO DE MAEZTU CON SUS HERMANOS.

Comienza a colaborar en la prensa vizcaína y posteriormente en la madrileña.Es enviado a Londres como corresponsal de “La Correspondencia de España”. Viaja por Alemania, enviando crónicas también a “Nuevo Mundo” y “Heraldo de Madrid”. Recorre España durante la gran guerra. Luego es colaborador de “El Sol” de Madrid y “La Prensa” de Buenos Aires, así como de varios diarios extranjeros.

Su pensamiento evolucionó, de cuya evolución dirá su amigo Juan Ignacio Luca de Tena: <….a los veinte años era anarquista; a los treinta, republicano y camarada de los señores que integraban la famosa Institución Libre de Enseñanza; colaboraba en España en la revista de los intelectuales izquierdistas y su firma, ya muy prestigiosa, veíase frecuentemente en “El Sol” en los tiempos de Ortega. Yo no recuerdo exactamente cuando empezó su evolución hacia la derecha; tal vez al principio de la Dictadura, en cuyos primeros meses publicaba en “El Sol” unos editoriales laudatorios para el nuevo régimen> (“Mis amigos muertos”, Ed. Planeta).

EMBAJADA DE ESPAÑA EN ARGENTINA.

”En 1928, Maeztu fue nombrado embajador español en la Argentina. Meses después de proclamarse la República en España, funda, con otras personalidades intelectuales y políticas, el movimiento ‘Acción Española’. En 1932 se le concede el premio “Luca de Tena”, ofreciéndosele un homenaje en el hotel Ritz. Ingresa poco después en la Academia de Ciencias Morales y Políticas.

Con motivo del pronunciamiento de Sanjurjo en agosto de 1932, es detenido junto a Luca de Tena, Ansaldo, Lequerica, Joaquín Calvo Sotelo, pasando unos meses en la cárcel.

PROCESIÓN DEL CORPUS EN LA CÁRCEL DE LAS VENTAS. 1939.

El 18 de julio de 1936 se muestra en Madrid y tras los primeros incidentes se refugia en casa de su amigo José Luis Vázquez Dodero. Y el día 30 se produce su detención

El 2 de agosto, Maeztu ingresa en la cárcel de Ventas. Primero estuvo en la enfermería y luego en la “sala de madres”. Allí se encontró con Vázquez Dodero, Pérez Sala, el padre Romaña, el ingeniero Ricardo Fernández Hontoria, el catedrático Santiago Magariños, el doctor Lemus. Todos presentían el trágico final.

El 29 de octubre es la fecha fatídica. Con motivo de un “traslado” de cárcel ( a Chinchilla dijeron) se hace la saca de rigor.. Maeztu es llevado va con sus compañeros a Aravaca.Atados de dos en dos, con alambre, a la altura de los codos, se les coloca ante el pelotón de ejecución.

A Maeztu le quedaba tiempo para decir a sus verdugos la frase histórica — no es la primera ni va a ser la última —- de un intelectual víctima de la prisión incontrolada de la guerra civil española:

Vosotros no sabéis por qué me matáis, pero yo sí sé por lo que muero” Cf.www.martiresdeparacuellos.com/testimonios/testimonio018.htm

2.-SU OBRA.

Su género por excelencia es el artículo de prensa con molde de columna o bien de ensayo por entregas. Son muchos miles los que produjo para numerosas publicaciones españolas y americanas, a razón de unas cuatro o cinco páginas diarias

La obra de Ramiro de Maeztu, destacado miembro de la Generación del 98dentro de la cual integra con Pío Baroja y Azorín el llamado “grupo de los tres.

Siendo aún joven, publicó algún poema y una novela folletinesca que vio la luz en El País entre 1900 y 1901: La guerra del Transvaal, escrita en colaboración con Pío Baroja y Valle-Inclán y firmada con el pseudónimo Van Poel Krupp.

. Le importa mucho la forma de la expresión y el estilo, y se declara admirador de Rubén Darío y Ramón María del Valle- Inclán, a quien tiene por el creador, por excelencia, de la prosa literaria española.

No hemos de olvidar, tampoco, la importante faceta de conferenciante. Los contemporáneos destacan la eficacia y la fuerza de su retórica, envuelta por una voz grave y febril y un porte singular a lo dandi.

Junto al Maeztu ensayista, está, en fin, el escritor ameno y ágil de numerosísimos textos literarios que siguen siendo atractivos y deleitables por sí mismos, al tiempo que completan el panorama extraordinario de los magníficos creadores del 98.

En las siguientes palabras de su obra Hacia otra España queda magníficamente retratado el espíritu de la generación del 98: “Parálisis…. así se explica la espantosa diferencia del país hacia los negocios públicos…, la abstención del cuerpo electoral….., el desprecio de los lectores de periódicos hacia el artículo político…., la sola lectura del telegrama y la gacetilla, como si roto el cordón umbilical entre la nación y el ciudadano, cuantos fenómenos afecten a aquélla no interesan a éste de otro modo que la ficticia trama de una comedia al pueblo de un teatro.

Parálisis intelectual reflejada en las librerías atestadas de volúmenes sin salida, en las cátedras regentadas por ignaros profesores interinos, en los periódicos vacíos de ideas y repletos de frases hechas, escritos por el hampa social que lanza al arroyo la lucha por la vida, en los teatros, donde sólo las estulticias del género chico atraen a un público incapaz de saborear la profundidad de un pensamiento…

                 

Parálisis bien simbolizada por esa Biblioteca Nacional en donde sólo encontré ayer a un murciano tomando notas de un libro de cocina…

España prefiere su carrito de paralítico, llevado atrás y adelante por el vaivén de los sucesos, ciegos al rudo trabajo de rehacer su voluntad y enderezarse”.

Pocos son los libros que dejó Ramiro de Maeztu. En rigor, y poniendo aparte sus traducciones  – sobre todo la de La guerra de los mundos de H.G. Wells, aún circulante –  y algunos folletos, en especial Hacia otra España, de 1899 – conjunto de textos sobre la regeneración de España – sus libros se reducen a tres:

La crisis del humanismo (1919) es una obra crucial para entender el pensamiento tradicionalista del Maeztu posterior. En él expone su crítica a la modernidad junto con la teoría funcionalista sociopolítica y contrarrevolucionaria para la Europa que acaba de salir de la Guerra del 14, de acuerdo con la cual, el Estado queda sumamente reducido, las corporaciones profesionales han de organizarse de forma parecida a los gremios medievales, y la política debe fundarse en una auténtica teología.       

Don Quijote, Don Juan y la Celestina: Ensayos en simpatía (1925) Recoge la valoración ética que hace Maeztu de las tres figuras por excelencia de la “literatura hispánica”, a las que considera, también, las más famosas de la literatura universal. Original y de lectura agradable, la obra nos permite conocer con precisión qué papel desempeña el arte en la ideología de su autor.

Defensa de la Hispanidad (1934) Publicado antes por entregas a partir del primer número de Acción Española, fue el libro que le dio más notoriedad. Es la obra de mayor trascendencia política de Maeztu; en ella postula, con ardor profético, la restauración de la identidad española en clave religiosa. www.modernismo98y14.com/obras-estilos-tecnicas-maeztu.html.

RAMIRO DE MAEZTU PINTADO POR SU HERMANO.

 3.-LA RELIGIÓN CATÓLICA EN LA OBRA DE RAMIRO DE MAEZTU.

   En una frase queda condesando su pensamiento acerca del valor del catolicismo para la regeneración de España:Para los españoles no hay otro camino que el de la antigua Monarquía Católica, instituida para el servicio de Dios y del prójimo”.

               En 1916, una “conversión” hacia lo religioso madura su concepto de la Hispanidad.

Transcribimos a continuación, su valoración del catolicismo en un artículo en el que habla del espíritu misionero, dejando que el lector haga su valoración visto desde la perspectiva que da el tiempo pasado.

EL VALOR DE LA HISPANIDAD. EL ESPÍRITU MISIONERO.

No hay en la Historia universal obra comparable a la realizada por España. Hemos incorporado a la civilización cristiana a cuantas razas estuvieron bajo nuestra influencia.

En estos dos siglos de enajenación, se había desvanecido la significación de nuestra historia. Los pueblos se expresan en sus hechos, y de haber sabido apreciar nuestros actos, no habríamos pasado por la ignominia de suponernos, durante tanto tiempo, una raza incapaz y secundaria. En el siglo XVII, en cambio, nos dábamos plena cuenta de la trascendencia de nuestra obra. Así lo prueban estas palabras de Solórzano en su Política indiana:

     «Si, según sentencia de Aristóteles, sólo el hallar o descubrir algún arte, ya liberal o mecánica, o alguna piedra, planta u otra cosa que pueda ser de uso y servicio a los hombres, les debe granjear alabanza, ¿de qué gloria no serán dignos los que han descubierto un mundo en que se hallan y encierran tan innumerable grandezas? Y no es menos estimable el beneficio de este mismo descubrimiento habido respecto al propio mundo nuevo, sino antes de muchos mayores quilates, pues a más de la luz de la fe que dimos a sus habitantes, de que luego diré, les hemos puesto en vida sociable y política, desterrando su barbarismo, trocando en humanas sus costumbres felinas y comunicándoles tantas cosas tan provechosas y necesarias como se les han llevado de nuestro orbe, y enseñándoles la verdadera cultura de la tierra, edificar casas, juntarse en pueblos, leer y escribir y otras muchas artes de que antes totalmente estaban ajenos.»

FRAY BARTOLOMÉ DE LAS CASAS.

       Todavía hicimos más, y no ya sólo España, porque su obra ha sido continuada por todos los pueblos que constituyen la Hispanidad. No sólo hemos llevado la civilización a otras razas, sino algo superior: la conciencia de su unidad moral con nosotros, es decir, de la unidad moral del género humano, gracias a la cual ha sido posible que todos o casi todos los pueblos hispánicos de América hayan tenido por gobernantes, por caudillos, por poetas, por directores a algunos hombres de color o mestizos.

     No es eso sólo. Un brasileño eminente, como Oliveira Lima, cree que en los pueblos hispánicos se está formando una unidad de raza: «gracias a una fusión, en la que los elementos inferiores acabarán bien pronto por desaparecer absorbidos por el elemento superior».

         Y así ha podido encararse con los ciudadanos de la Estados Unidos para decirles que: «Cuando entre nosotros ya no haya mestizos, cuando la sangre negra o india se haya diluido en la sangre europea, que en tiempos pasados y no muy distantes, fuerza es recordarlo, recibió contingentes bereberes, númidas, tártaros y de otras procedencias, vosotros no dejaréis de conservar indefinidamente dentro de vuestras fronteras grupos de población irreductible, de color diverso y hostiles de sentimientos.»

           No garantizamos el acierto de Oliveira Lima en esta profecía etnográfica. Es posible que se produzca la unidad de las razas y es posible que no. Lo fundamental es que se ha creado la unidad del espíritu. Y esta es la obra de España, en general, y de sus órdenes religiosas particularmente, mejor dicho, es la obra conjunta de España, de sus reyes y obispos, legisladores y magistrados, soldados y encomenderos, sacerdotes y seglares, pero en la que el puesto de honor corresponde a las órdenes religiosas.

           Desde la hora primera aparecen los frailes en América. Ya en 1510 nos encontramos en la isla Española a los padres dominicos Pedro de Córdoba, Antonio de Montesinos y Bernardo de Santo Domingo pronunciando sermones en los que protestan de que los encomenderos se hayan repartido los indios y les hagan trabajar en las minas sin pagarles debidamente su trabajo.

                 En los siglos de la dominación española no cesan de ser las órdenes religiosas los abogados de los indios. A ellas les cumple recordar una vez y otra a las autoridades civiles y militares que en el Testamento de Isabel se ha dicho que el principal fin e intención de los Reyes Católicos al pacificar y poblar las Indias fue convertir a los naturales a la fe católica y que sean bien tratados en sus personas y bienes, así como la Bula de Alejandro VI, por la que no se concede a los Monarcas españoles el señorío de las tierras descubiertas al Occidente y Mediodía sino con la condición de instruir a los naturales en la fe y buenas costumbres, y fue la acción de las órdenes religiosas la que redujo a límites de justicia lo mismo la codicia de los encomenderos que la prepotencia de los virreyes y altos funcionarios.

SOR JUANA INÉS DE LA CRUZ.

La piedad y compasión de los frailes encendieron el corazón del padre Bartolomé de las Casas, haciéndole profesar en la orden de Santo Domingo y convertirle en defensor de los indios, con espíritu de caridad tan arrebatada, que no reparó en abultar, exagerar y agrandar las crueldades de la conquista, así como en ponderar sobre medida las bondades y dulzuras y excelencias de sus defendidos, con grave daño para la verdad histórica y el prestigio de España en el mundo, al fin de lograr, como lo consiguió, que se modificaran las Leyes de Indias, hasta convertirse en el Monumento de caridad y de prudencia que ahora tienen que admirar cuantos las hayan estudiado.

ISABEL DE CASTILLA.

Al realizar esta función no hacían las órdenes religiosas sino cumplir los deseos y las órdenes de los reyes de España. Cuando sale D. Pedro de Mendoza para el Río de la Plata le encarga Carlos V en 1534 que lleve «las personas religiosas o eclesiásticas que por Nos serán señaladas» para instruir a los indios, «con cuyo parecer, y no sin ellos habéis de hacer la conquista, descubrimiento y población de la dicha tierra» y encarece repetidamente en la Capitulación que, si no se cuida del buen trato y conversión de los indios: «no seamos obligados a vos guardar y cumplir lo susodicho», cuyos conceptos los repiten los reyes españoles en cuantas Capitulaciones referentes a las Indias se conceden, lo mismo por los Felipes, que por Carlos II y Felipe V y Fernando VI, hasta que en los tiempos de Carlos III cambia el carácter de la acción española.

       Una consulta del Consejo de Indias en 1596 descubre que ya entonces eran varios los mestizos y criollos ordenados de sacerdotes, y que se los consideraba los más útiles por su perfecto conocimiento de las dos lenguas.

 IMAGEN DE LA ENCOMIENDA.      

Sucesivas reales cédulas prescriben la participación de los mismos encomenderos en la obra de catequesis, porque fueron obligados a reunir a los indios a la caída de la tarde, bajo la cruz del pueblo, para rezar e instruirles en la fe. Las órdenes religiosas y los Protectores de indios velaban por el cumplimiento de las ordenanzas de los reyes.

         La eficacia de la acción civilizadora de España dependía de la perfecta compenetración de los poderes espiritual y temporal. El militar español de América tenía conciencia de que su misión era esencial e indispensable y aún primera, en el orden del tiempo, aunque en el orden valorativo no fuera sino instrumental y secundaria, porque «el principal fin e intento» de todo era la conversión de los naturales.

       El religioso, a su vez, persuadido de que los poderes temporales no perseguían otros fines que los suyos, se identificaba con su política y la servía con sus propios medios, que eran grandes.

REDUCCIONES JESUÍTICAS, PATRIMONIO DE LA HUMANIDAD.

       No he de hablar de la inmensa labor científica de las órdenes religiosas. Ellas fueron las que primero penetraron en los idiomas de los aborígenes, en sus costumbres, las que mejor estudiaron su ambiente geográfico y la manera de combatir las enfermedades habituales. El padre Astrain, en su magnífica Historia de la Compañía de Jesús en la Asistencia de España dice: «Al lado de Hernán Cortés, de Pizarro y de todos los capitanes de cuenta, iba el sacerdote católico, ordinariamente religioso, para convertir al Evangelio los infieles, que el militar subyugaba a España, y cuando los bárbaros atentaban contra la vida del misionero, allí estaba el capitán español para defenderle y para escarmentar a los agresores.»

                 Y el padre Vélez, agustino, en su libro sobre Fray Luis de León, nos dice: «Para justificar y valorar adecuadamente la Inquisición española, hay que tener en cuenta, ante todo, las propiedades de su carácter nacional, especialmente la unión íntima de la Iglesia y del Estado en España durante los siglos XVI y XVII, hasta el punto de ser un estado teocrático, siendo la ortodoxia deber y ley de todo ciudadano, como otra cualquiera prescripción civil.»

                 Pues este Estado teocrático fue el que consiguió incorporar las razas de color a su propia civilización cristiana. Ningún otro pueblo lo ha logrado. Ni Inglaterra con sus «hindus», ni Francia con sus bereberes, ni Holanda con sus malayos, ni los Estados Unidos con sus aborígenes y negros, como no sea para confinarlos en reservados, o en un «status» de inferioridad.

           Y es que en los demás pueblos colonizadores no se ha producido la misma compenetración que entre nosotros de los poderes espiritual y temporal, por la falta de un ideal común.

    LA HUMANIDAD  UNA SOLA FAMILIA.

        Pero si el género humano ha de llegar a constituir una sola familia, como estamos en la obligación de procurar, será preciso que en este ideal vuelvan a compenetrarse los poderes espiritual y temporal de los Estados y que los países del Norte se curen de vanidades raciales para contribuir a que las multitudes asiáticas se rediman de la abyección de su miseria y todos los pueblos gobernantes se unan en un propósito católico de universal mejoramiento.

El ejemplo clásico de España no ha de considerarse como agua pasada, sino como guía e inspiración del porvenir.

                                                        * * *

               El 26 de octubre de 1546 debería considerarse como la fecha en que el espíritu español alcanzó su expresión más elevada. Fue el día en que Diego Laínez, teólogo del Papa y futuro general de los jesuitas, cuyos restos fueron destruidos en los incendios del 11 de mayo, pronunció en Trento su discurso sobre la justificación, el único discurso que mereció el honor de ser incluido, palabra por palabra, en las Actas del Concilio.

             Ahora podemos ver que lo que realmente se debatía era la unidad moral del género humano. De haber prevalecido la teoría de una doble justificación se habría producido en los países latinos una división radical entre hombres superiores, o que tal se suponen, y hombres inferiores, parecida tal vez a la que existe entre las diversas clases sociales de los países del Norte y entre sus pueblos y los latinos, llamados despectivamente «dagoes» por ingleses y norteamericanos.

         Cuando se estaba llegando a un acuerdo sobre la doctrina de la justificación propuso Jerónimo Seripando si, además de nuestra justicia, no sería necesario que, para ser absueltos en el tribunal de Dios, se nos imputase los méritos de la pasión y muerte de Cristo, al objeto de suplir los defectos de nuestra justicia, siempre deficiente.

MARTÍN LUTERO.  

Lutero había dicho que los hombres se justifican por la fe sola y que la fe es un don libre de Dios. La Iglesia había mantenido siempre que la justificación se hace por la fe y las obras.

         La fe sin obras es la de los demonios, que creen y tiemblan, o la de Simón Mago, que también había creído al oír predicar al apóstol Felipe. Santiago el Menor había dicho en su Epístola: «¿No veis cómo por las obras es justificado el hombre, y no por la fe solamente?» (II, 24.) La doctrina de Seripando no satisfacía a nadie, pero se trataba de un varón muy santo y de un teólogo sutilísimo, cuyo saber no encontraba rivales.

         Entonces acudió Lainez a la perplejidades del Concilio con su maravillosa alegoría de los tres súbditos de un rey, que desean ganar una joya ofrecida como premio al que salga vencedor en el torneo. El hijo del rey dice a uno de ellos: «Para ganar la joya te bastará con creer en mí. Fíate en mí con toda tu alma, y yo haré que te sea dado el premio.» Al segundo le dice: «Te daré para tu lucha un caballo no muy bueno y armas mediocres. Pero al final de la batalla intervendré en tu favor.» Al tercero, finalmente, le pregunta: «¿Quieres luchar de veras? Te daré buenas armas y mejor caballo, pero tú tendrás que pelear con toda tu alma.» En el primer ejemplo se nos describe la justificación al modo protestante: todo es obra exclusiva de Cristo; en el tercero, al modo católico: Cristo con su redención y la Iglesia, con sus sacramentos, nos dan las armas adecuadas para la victoria. El segundo caso parece representar exactamente la opinión de Seripando. En apariencia encumbra los méritos de Jesucristo; en realidad deprime el valor redentor de su pasión y muerte.

  EL CONCILIO DE TRENTO.

         Con razón dice Oliveira Martins que en el Concilio de Trento se salvó la voluntad, la actividad del hombre, sus resortes más íntimos, la vida del espíritu. De haber prevalecido en alguna forma la doctrina de la justificación por la sola gracia, la humanidad, habría caído en alguna forma de esclavitud trascendente. En Trento venció la doctrina española.

           Ya poseemos los medios necesarios para la victoria y sólo nos falta pelear por ella. Con esta confirmación solemne recibió nueva fuerza el impulso que ya nos llevaba a difundir por todo el mundo nuestras propias esperanzas, como si la doctrina directora de la Iglesia española fuera la sentada al final de su Epístola por Santiago el Menor cuando dijo: «El que hiciera a un pecador convertirse del error de su camino salvará su alma de la muerte y cubrirá la muchedumbre de sus pecados.» (V, 20.) [231]

         Puede decirse que toda España es misionera en el siglo XVI, lo mismo los reyes que los prelados, los seglares que los religiosos. En cambio, los protestantes no tuvieron misioneros en los siglos XVI y XVII, lo que suele atribuirse a que las naciones colonizadoras de aquellos tiempos eran España y Portugal, pero, en realidad, porque la doctrina de la justificación por los méritos de Cristo no ofrece al misionero el menor aliciente. Su propio sacrificio le tiene que parecer ineficaz.

         La España del siglo XVI concibe más bien la religión como una milicia y como un combate, en que la victoria depende de su esfuerzo; Santa Teresa, como una fortaleza, en que los sacerdotes y los teólogos son los capitanes, mientras que sus monjitas de San José, libres de los cuidados del mundo, ayudan a los jefes con sus oraciones. De la santa son los versos que empiezan: «Todos los que militáis, –debajo de esta bandera, –ya no durmáis, ya no durmáis, –pues que no hay paz sobre la tierra.»

          La Compañía de Jesús se había fundado, como casi todas las órdenes religiosas, para perfeccionamiento de sus miembros y servicio de Dios y del prójimo, pero la obra evangelizadora parecía tan esencial entonces, que Rivadeneira dice: «Supuesto que el fin de la Compañía principal es reducir a los herejes y convertir a los gentiles a nuestra santísima fe.» El discurso de Laínez se pronunció en octubre del 46, pero ya a principio de 1540, y cuando apenas había logrado la aprobación de la Santa Sede para la Compañía de Jesús, San Ignacio destinó a San Francisco Javier para la misión de las Indias, y de lo que era para San Ignacio San Francisco Javier nos da idea en su Historia el padre Astrain, cuando lo llama: «varón incomparable, que acostumbramos colocar al lado de San Ignacio y al frente de la Compañía, como ponemos a San Pablo junto a San Pedro, al frente de la Iglesia universal.»

EL DOMINICO P. FRANCISCO DE VITORIA.

El propio padre Vitoria, tan enemigo de la guerra y tan amigo de los indios, que de ninguna manera admite que se les pueda hacer violencia para obligarles a aceptar la fe, dice expresamente que: «Es un sacrilegio el ir a los Sacramentos, y Misterios de Cristo por un temor servil», y después de mantener que, en caso de permitir los indios a los españoles predicar el Evangelio libremente, no hay derecho a hacerles la guerra, bajo ningún concepto, «tanto si reciben como si no reciben la fe», afirma, en cambio, que, en caso de impedir a los españoles anunciar libremente el Evangelio, «los españoles, después de razonarlo bien, para evitar el escándalo y la brega, pueden predicarlo, a pesar de los mismos, y ponerse a la obra de conversión de dicha gente, y si para esta obra es indispensable comenzar a aceptar la guerra, podrán hacerla, en lo que sea necesario, para la oportunidad y seguridad en la predicación del Evangelio».

                     La misma guerra era legitimada cuando no había otro medio de abrir camino a la verdad. Por eso puede decirse que toda España fue misión en sus dos grandes siglos, hasta con perjuicio del propio perfeccionamiento.

 Este descuido indudablemente fue nocivo. Acaso hubiera convenido dedicar una parte de nuestra gran energía misionera a preparar, por nuestro perfeccionamiento interior, las defensas que nos hubieran protegido contra la fascinación que, en siglos posteriores, ejercieron sobre nosotros las civilizaciones extranjeras.

               Pero cada día quiere su faena. Era el tiempo en que se había hecho la unidad física del mundo, gracias a los descubrimientos hispanoportugueses .de las rutas marítimas de Oriente y Occidente y a la hazaña de Elcano, el primer circumnavegante.

En Trento sellaba nuestro espíritu la unidad moral de los hombres. ¡Todos los hombres podían salvarse! No era la hora de pensar en uno mismo. Había que llevar la buena nueva, en lo posible, a todos los rincones de la tierra.

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