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UNA CARTA A DIOS EN LA  OBRA DE JOSÉ LUIS MARTÍN DESCALZO.

 1.-Biografia.

2.-Su obra.

3.-Premios

4.- Carta a Dios.

5.-Comentario.

6.-Tres sonetos de su producción poética.

PLAZA DE MADRIDEJOS. TOLEDO. ESPAÑA.

1.-BIOGRAFÍA.

  De raíces vallisoletanas, nació sin embargo el 27 de agosto de 1930 en Madridejos (Toledo), en el seno de una familia profundamente cristiana, de la que era el menor de cuatro hermanos. Sus padres fueron Don Valeriano, de carácter noble y sobriedad castellana, secretario judicial, y Doña Pepita, que derrochaba bondad y buen humor –comíamos amor cada mañana, rebanadas de alma, diría de ellos-.

Cuando tenía tres años se trasladaron a Astorga, nuevo destino profesional de su padre quien oficiaba de secretario judicial, hasta que a los 12 años ingresa en el Seminario de Valladolid, ciudad donde transcurrió su juventud.

Completó sus estudios de Historia y Teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma;​ allí formó parte del grupo poético reunido en la revista Estría del Colegio Español, que ayudó a fundar junto con José María Javierre, y en la cual colaboraron escritores como José María Cabodevilla, el más tarde arzobispo Antonio Montero Moreno, el biblista Luis Alonso Schökel, el P. Joaquín Luis Ortega (después director de la Biblioteca de Autores Cristianos), y luego el poeta y ensayista José María Valverde.

José Luis Martín Descalzo se ordenó sacerdote en el Colegio Español de Roma, en 1953.

Ejerció como profesor de Literatura en el Seminario de Valladolid, dirigiendo también allí una compañía de teatro de cámara. Entre 1954 y 1961 mantuvo una columna fija semanal, “Cosas de Dios, en el diario El Norte de Castilla y colaboró desde 1958 en el diario Ya. En 1957 obtuvo, por oposición, la cátedra de literatura castellana, griega y latina en el Seminario de Valladolid.

En 1960 se trasladó a hacer el doctorado en Teología a la Universidad Gregoriana de Roma y ese mismo año ingresó como editorialista de La Gaceta del Norte, encargándose además de las colaboraciones y trabajando entre 1962 y 1965 como enviado especial para cubrir en Roma las cuatro sesiones del Concilio Vaticano II como corresponsal de prensa.

En 1960 empezó a estudiar periodismo en la Escuela Oficial de Madrid y se licenció en 1966. En ese mismo año empezó a dirigir la sección “La Iglesia en el mundo de hoy” del diario Abc de Madrid, que desempeñó durante veinte años. Dirigió asimismo las revistas Vida Nueva (desde 1968 a 1975) y Blanco y Negro (1978-1981), además de hacerse cargo en 1976 de la sección de Cultura de Abc. Fue editorialista de Abc en 1980 y en 1982 dirigió la sección religiosa del diario.

En 1987 pasó a ser redactor jefe de la sección de Sociedad. También dirigió el programa televisivo Pueblo de Dios de RTVE (1982). Representó una literatura relacionada con el humanismo cristiano..

TEATRO NACIONAL DE CÁMARA Y ENSAYO.

Su trayectoria dramática se inició con La hoguera feliz, montada por Mario Antolín por el Teatro Nacional de Cámara y Ensayo en 1969, una nueva recreación del personaje histórico de Juana de Arco en que se privilegia su capacidad de optar por el camino más difícil. La pieza fue un éxito de crítica y público. A dos barajas (1972) fue un melodrama fácil al gusto del público de entonces. Las prostitutas os precederán en el reino de los cielos (1986) constituyó su mayor éxito y, tras más de cien representaciones en provincias, llegó a Madrid y conquistó al público de la capital, sobre todo por la cautivadora interpretación de Elisa Montés.

José Luis Martín Descalzo, padeció una grave enfermedad cardíaca y renal, que lo obligó a estar sometido a diálisis durante muchos años, en los que tuvo a su lado como ángel custodio a su hermana Sor Angelines; en ese tiempo escribió muchas de las mejores páginas de su prolífica obra, además de continuar interviniendo en televisión y escribiendo artículos en prensa.

Vivió en todo momento sin dejar de sembrar esperanza y vida, hasta su muerte en Madrid, el martes 11 de junio de 1991; su último libro poético, y uno de los mejores, en el que anuncia su fin, fue Testamento del pájaro solitario, henchido de referencias a la mística de San Juan de la Cruz.

Su testimonio y su obra permanecen vivos, extendiéndose hoy su legado por todo el mundo, con múltiples reediciones de sus libros.

2.-SUS OBRAS.

 NOVELAS.

 El hombre que no sabía pecar, (con el seudónimo de Martín Azcárate).

Diálogo para cuatro muertos. Oviedo, 1953.

La frontera de Dios (1956)

Lobos, perros y corderos (1978)

El demonio de media tarde (1982)

 ENSAYOS.

 Un periodista en el concilio, 1962-1965

Razones para la esperanza (1984)

Un cura se confiesa (1955), escrito bajo la forma de diario o crónica

Siempre es Viernes Santo

Vida y Misterios de Jesús de Nazaret

Razones para la alegría

Razones para el amor

Razones para vivir

Razones desde la otra orilla

Razones para la esperanza.

Las razones de su vida

Vida y misterio de Jesús de Nazaret. I. Los comienzos

Vida y misterio de Jesús de Nazaret. II. El mensaje

Vida y misterio de Jesús de Nazaret. III. La cruz y la gloria

Vida y misterio de Jesús de Nazaret. Obra completa

Apócrifo de María

Por un mundo menos malo

Jesucristo (Obra en fascículos: vol. I al VII. Edit. Urbión)

El verdadero rostro de María Rafols

El sermón de las siete palabras

Tarancón , el cardenal del cambio

Reconciliación entre españoles

El misterio de la caridad de Juana de Arco

Folletos de Mundo Cristiano

El Concilio de Juan y Pablo

La Iglesia, nuestra hija

Reflexiones de un enfermo en torno al dolor

Las razones de su vida

 POESÍAS

 Fábulas con Dios al fondo (1957)

Camino de la cruz (1959)

Querido mundo terrible (1970)

Apócrifo (1975)

Apócrifo del domingo (1982)

Testamento del pájaro solitario

Fábulas con Dios de fondo

Lo que María guardaba en su corazón

Diálogos de pasión

El joven Dios

Fragmentos de una confesión

Nacido de mujer

 TEATRO

 La hoguera feliz (1962)

A dos barajas, (1972)

Traducción de Godspell (1974), de John-Michael Tebelak y Stephen Shwartz.

El segundo juicio de Galileo (1978)

Adaptación musical de Fuenteovejuna, de Lope de Vega.

Las prostitutas os precederán en el reino de los cielos (1986)

El peregrino (2001), póstumo.

 CUENTOS

 Paco y su gata

San José García

Dios es alegre

Guiones cinematográficos[editar]

Experiencia prematrimonial (1972).

Un hombre como los demás (1975).

 TRADUCCIONES,

 Oraciones para rezar por la calle, con Ramón Sans Vila (del orig. fr. Prières, de Michel Quoist).

Charles Péguy, Palabras cristianas, antología poética.

3.- PREMIOS.

 Premio Naranco de Novela Corta por Diálogos de cuatro muertos (1953)

Premio Nadal por La frontera de Dios (1956)

Premio teatral de autores con La hoguera feliz (1962).

Premio José María Pemán con Segundo juicio a Galileo.

Premio Ínsula de poesía, por Seis sonetos del alba (1952)

Premio Alba de Tormes de poesía por Seis sonetos eucarísticos (1967)

Premio de poesía Concha Espina, por La tentación de María (1969)

Premio de poesía Rafael Morales, por El joven Dios

Finalista en dos ocasiones del Premio de Poesía Leopoldo Panero (1970 y 1973).

Premio March (1959) de ensayo por su obra Personajes bíblicos y literatura.

Premio Luca de Tena (1975) de periodismo.

Premio González-Ruano de periodismo (1976).( Cf. Wikipedia la Enciclopedia Libre ).

4.-CARTA A DIOS:

GRACIAS. CON ESTA PALABRA PODRÍA CONCLUIR ESTA CARTA, DIOS MÍO, AMOR MÍO.

 Porque eso es todo lo que tengo que decirte: gracias, gracias. Sí, desde la altura de mis cincuenta y cinco años, vuelvo mi vista atrás, ¿qué encuentro sino la interminable cordillera de tu amor? No hay rincón en mi historia en el que no fulgiera tu misericordia sobre mi. No ha existido una hora en que no haya experimentado tu presencia amorosa y paternal acariciando mi alma.
Ayer mismo recibía la carta de una amiga que acaba de enterarse de mis problemas de salud, y me escribe furiosa: «Una gran carga de rabia invade todo mi ser y me rebelo una vez y otra vez contra ese Dios que permite que personas como tú sufran.» ¡Pobrecita! Su cariño no le deja ver la verdad. Porque -aparte de que yo no soy más importante que nadie- toda mi vida es testimonio de dos cosas: en mis cincuenta años he sufrido no pocas veces de manos de los hombres. De ellos he recibido arañazos y desagradecimientos, soledad e incomprensiones. Pero de ti nada he recibido sino una interminable siembra de gestos de cariño. Mi última enfermedad es uno de ellos.


Me diste primero el ser. Esta maravilla de ser hombre. El gozo de respirar la belleza del mundo. El de encontrarme a gusto en la familia humana. El de saber que, a fin de cuentas, si pongo en una balanza todos esos arañazos y zancadillas recibidos serán siempre muchísimo menores que el gran amor que esos mismos hombres pusieron en el otro platino de la balanza de mi vida. ¿He sido acaso un hombre afortunado y fuera de lo normal? Probablemente. Pero ¿en nombre de qué podría yo ahora fingirme un mártir de la condición humana si sé que, en definitiva, he tenido más ayudas y comprensión que dificultades?


Y, además, tú acompañaste el don de ser con el de la fe. En mi infancia yo palpé tu presencia a todas horas. Para mí, tu imagen fue la de un Dios sencillo. Jamás me aterrorizaron con tu nombre. Y me sembraron en el alma esa fabulosa capacidad: la de saberme amado, la de experimentar tu presencia cotidiana en el correr de las horas.
Hay entre los hombres -lo sé- quienes maldicen el día de su nacimiento, quienes te gritan que ellos no pidieron nacer. Tampoco yo lo pedí, porque antes no existía. Pero de haber sabido lo que sería mi vida, con qué gritos te habría implorado la existencia, y ésta, precisamente, que de hecho me diste.
Absolutamente decisivo el nacer en la familia que tú me elegiste. Hoy daría todo cuanto después he conseguido sólo por tener los padres y hermanos que tuve. Todos fueron testigos vivos de la presencia de tu amor. En ellos aprendí -¡qué fácilmente!- quién eras y cómo eres. Desde entonces amarte -y amar, por tanto, a todos y a todo- me empezó a resultar cuesta abajo. Lo absurdo habría sido no quererte. Lo difícil habría sido vivir en la amargura. La felicidad, la fe, la confianza en la vida fueron, para mí, como el plato de natillas que mamá pondría, infallablemente, a la hora de comer. Algo que vendría con toda seguridad. Y que si no venía, era simplemente porque aquel día estaban más caros los huevos, no porque hubiera escaseado el amor.

Entonces aprendí también que el dolor era parte del juego. No una maldición, sino algo que entraba en el sueldo de vivir; algo que, en todo caso, siempre sería insuficiente para quitarnos la alegría.
A todo ello, ahora -siento un poco de vergüenza al decirlo- ni el dolor me duele, ni la amargura me amarga. No porque yo sea un valiente, sino sencillamente porque al haber aprendido desde niño a contemplar ante todo las zonas positivas de la vida y al haber asumido con normalidad las negras, resulta que, cuando éstas llegan, ya no son negras, sino sólo un tanto grises. Otro amigo me escribe en estos días que podré soportar la diálisis «chapuzándome en Dios». Y a mi eso me parece un poco excesivo y melodramático. Porque o no es para tanto o es que de pequeño me «chapuzaron» ya en la presencia «normal» de Dios, y en ti me siento siempre como acorazado contra el sufrimiento. O tal vez es que el verdadero dolor aún no ha llegado.
A veces pienso que he tenido «demasiado buena suerte». Los santos te ofrecían cosas grandes. Yo nunca he tenido nada serio que ofrecerte. Me temo que, a la hora de mi muerte, voy a tener la misma impresión que en ese momento tuvo mi madre: la de morirme con las manos vacías, porque nunca me enviaste nada realmente cuesta arriba para poder ofrecértelo. Ni siquiera la soledad. Ni siquiera esos descensos a la nada con que tú regalas a veces a los que verdaderamente fueron tuyos. Lo siento. Pero ¿qué hago yo si a mi no me has abandonado nunca?

A veces me avergüenzo pensando que me moriré sin haber estado nunca a tu lado en el huerto de los olivos, sin haber tenido yo mi agonía de Getsemaní. Pero es que tú -no sé por qué- jamás me sacaste del domingo de Ramos. Incluso alguna vez –en mis sueños heroicos- he pensado que me habría gustado tener yo también una buena crisis de fe para demostrarte a ti y a mi mismo que la tengo. Dicen que la auténtica fe se prueba en el crisol. Y yo no he conocido otro crisol que el de tus manos siempre acariciantes.
Y no es, claro, que yo haya sido mejor que los demás. El pecado ha puesto su guarida en mí y tú y yo sabemos hasta qué profundidades. Pero la verdad es que ni siquiera en las horas de la quemadura he podido experimentar plenamente la llama negra del mal de tanta luz como tú mantenías a mi lado. En la miseria, he seguido siendo tuyo. Y hasta me parece que tu amor era tanto más tierno cuantas más niñerías hacía yo.
No puedo presumir ante ti de persecuciones y dificultades. Pero tú sabes que, aún en lo humano, me rodeó siempre más gente estupenda que traidora y que recibí por cada incomprensión diez sonrisas. Que tuve la fortuna de que el mal nunca me hiciera daño y, sobre todo, que no me dejara amargura dentro. Que incluso de aquello saqué siempre ganas de ser mejor y hasta misteriosas amistades.


Me diste el asombro de mi vocación. Ser cura es imposible, tú lo sabes. Pero también maravilloso, yo lo sé. Hoy no tengo, es cierto, el entusiasmo de enamorado de los primeros días. Pero, por fortuna, no me he acostumbrado aún a decir misa y aún tiemblo cada vez que confieso. Y sé aún lo que es el gozo soberano de poder ayudar a la gente -siempre más de lo que yo personalmente sabría- y el de poder anunciarles tu nombre. Aún lloro -¿sabes?- leyendo la parábola del hijo pródigo. Aún -gracias a ti- no puedo decir sin conmoverme esa parte del Credo que habla de tu pasión y de tu muerte.

Porque, naturalmente, el mayor de tus dones fue tu Hijo, Jesús. Si yo hubiera sido el más desgraciado de los hombres, si las desgracias me hubieran perseguido por todos los rincones de mi vida, sé que me habría bastado recordar a Jesús para superarlas. Que tú hayas sido uno de nosotros me reconcilia con todos nuestros fracasos y vacíos. ¿Cómo se puede estar triste sabiendo que este planeta ha sido pisado por tus pies? ¿Para qué quiero más ternuras que la de pensar en el rostro de María?
He sido felíz, claro. ¿Cómo no iba a serlo? Y he sido felíz ya aquí, sin esperar la gloria del cielo. Mira, tú ya sabes que no tengo miedo a la muerte, pero tampoco tengo ninguna prisa porque llegue. ¿Podré estar allí más en tus brazos de lo que estoy ahora? Porque éste es el asombro: el cielo lo tenemos ya desde el momento en que podemos amarte. Tiene razón mi amigo Cabodevilla: nos vamos a morir sin aclarar cuál es el mayor de tus dones, si el de que tú nos ames o el de que nos permitas amarte.
Por eso me da tanta pena la gente que no valora sus vidas. Pero ¡sí estamos haciendo algo que es infinitamente más grande que nuestra naturaleza: amarte, colaborar contigo en la construcción del gran edificio del amor!


Me cuesta decir que aquí te damos gloria. ¡Eso sería demasiado! Yo me contento con creer que mi cabeza reposando en tus manos te da la oportunidad de quererme. Y me da un poco de risa eso de que nos vas a dar el cielo como premio. ¿Como premio de qué? Eres un tramposo: nos regalas tu cielo y encima nos das la impresión de haberlo merecido. El amor, tú lo sabes muy bien, es él solo su propia recompensa. Y no es que la felicidad sea la consecuencia o el fruto del amor. El amor ya es, por sí solo, la felicidad. Saberte Padre es el cielo. Claro que no me tienes que dar porque te quiera. Quererte ya es un don. No podrás darme más.


He querido hablar de ti y contigo en esta página final de mis Razones para el amor. Tú eres la última y la única razón de mi amor. No tengo otras. ¿Cómo tendría alguna esperanza sin ti? ¿En qué se apoyaría mi alegría si nos faltases tú? ¿En qué vino insípido se tornarían todos mis amores si no fueran reflejo de tu amor? Eres tú quien da fuerza y vigor a todo. Y yo sé sobradamente que toda mi tarea de hombre es repetir y repetir tu nombre. Y retirarme.
Del libro “Razones para el amor“; Biblioteca Básica del Creyente; Madrid, España.
Tomado de www.interrogantes.net Catholic.net – Carta a Dioses.catholic.net/op/articulos/27009/cat/305/carta-a-dios.html Fuente: http://www.interrogantes.net ).

5.- COMENTARIO.

El texto que acabamos de transcribir es una conversación del sujeto literario con Dios.Lo primero que dice en ella, de una forma muy sintética, cual  es el contenido y fin de la misma: dar gracias a Dios,  una acción de gracias a un Dios a quien califica de amor mío, lo que implica que no se trata de una acción de gracias de simple reconocimiento intelectual , sino llena afectividad  y   afirma que la carta podría terminarse con esa única palabra : gracias.

A pesar de ello  escribe una larga carta, que no es un Tratado de teología,  por ello no hay que ir buscando en  ella ninguna idea estricta del Dios cristiano, porque ciertamente es al Dios cristiano a quien va dirigida su carta, sobre todo porque  hay una referencia implícita al  misterio trinitario yendo dirigida  a Dios Padre, pues menciona en ella al Hijo, aunque no al  Espiritu Santo. Pienso que toda ella hay que mirarla desde la perspectiva de la acción de gracias.

DIOS MI  CREADOR

Lo primero que agradece a Dios es el haberle creado , y haberlo creado hombre, con las posibilidades que ello conlleva de conocimiento, libertad, capacidad de amar, de comunicarse con otros etc.

Sigue dándole gracias a Dios por haberle dado el don de la fe, y haberlo recibido a través de su propia familia, una familia por la que tampoco puede dejar de  dar gracias Dios.

Pasa posteriormente a darle gracias a Dios por el don de la vocación al sacerdocio, un don directo de Dios, con la maravilla de los dones que esta vocación implica: celebrar la Eucaristía, confesar y perdonar los pecados, anunciar a Jesucristo a los hombres, pues el mayor don que la humanidad y él ha recibido es a Jesucristo que nació, murió sufriendo una dolorosa pasión que cuando la recuerda le hace llorar, y aunque hace referencia varias veces al cielo, no habla directamente de la resurrección.

Afirma una cosa que muy pocos humanos creo que pueden decir: que ha sido feliz, que no le tiene miedo a la muerte, aunque no tenga prisa morirse,

Confesa también que ha sufrido , especialmente por acciones de otras personas, pero que sus sufrimientos  no han alcanzado ni con mucho los sufrimientos de Cristo en Getsemaní y que esos  sufrimientos personales le han descubierto el valor del dolor.

No aparece en la carta ninguna  referencia al problema del sufrimiento humano, especialmente al problema del sufrimiento de los inocentes.

Rechaza la idea de que la gloria puede considerarse  en algún aspecto como algo merecido por el hombre algo que le causa risa.

Me cuesta decir que aquí te damos gloria. Aunque admite ,algo que me parece mayor,el que podamos dar a Dios la posibilidad de querernos.

Hace una breve referencia  a María y termina diciendo básicamente que Dios le ha dado sentido a su vida.

 6.-SONETOS DEL ALB A

                                                        En el principio creó Dios el cielo y la tierra (Gen 1,1).

 No existían la luz ni el movimiento

en el albor de tu ciudad temprana.

Aún soñaba en ser carne la manzana

y el corazón en ser piedra y cimiento.

 

Tú eras del ser el acaparamiento,

exactitud redonda y soberana.

En la quietud del día sin mañana

tan sólo Tú y algún presentimiento.

 

Nacías como un río de Ti mismo,

comías de tu Ser, y en tus orillas

comenzabas de nuevo más profundo.

 

Y te alzaste de Ti cual de un abismo.

T u boca se inundó de maravillas.

Y casi fue tu voz. Y casi el mundo .

Creció tu voz como una llamarada

despeinada de viento y oleaje,

y fue la luz un cántico salvaje

que, palmo a palmo, arrinconó la nada.

 

F u e tu verdad, tu luz, t u enamorada

belleza, que soñaba ser paisaje.

¡Qué nuevo rumbo al ser! ¡Qué hondo viraje

la creación recién inaugurada!

 

¡Qué milagrosa paz llenó el instante

como una dulce mano que resbala

el corazón, suave, y nos desvela!

 

¡Qué luz llegó, divina y palpitante

como el rozar levísimo de un ala

sobre la piel del aire, sin estela!

 

—————————————–

 

¿Es posible, Señor, que la azucena

naciera de tu soplo solamente

y que el temblor de un aire indiferente

pueda crear la maravilla plena?

 

Dios te salve, azucena; salve, llena

eres de gracia, barro omnipotente,

último blanco, castidad fulgente,

ave sin carne, carne sin cadena.

 

¿Qué sintieron los pájaros el día

que, asombrados, rozaron tu blancura?

¿Qué sintió el sol que te besó primero?

 

¿Qué siento ahora yo, avemaria?

¿De qué playas arriba esta ternura

que no existe quizá, pero que espero?

 COMENTARIO.

 Los tres sonetos son una descripción de la creación, tal como la narra el primer Libro del Génesis, en ellos hace referencia a la creación de la nada en 7 días. Se detiene de forma expresa en  la creación  de la luz, Hágase la luz y la luz fue hecha, y dijo Dios…y luego de cada uno de los días, de las plantas, los pajaros, el sol, el soplo que dio vida al barro del hombre y a Eva, pero al revés haciendo alusión al Protoevangelio en que es nombrada la mujer no Eva sino Ave:Pondré enemistades entre ti y  la mujer, entre tu descendecia y la suya, ella aplastará tu cabezamientras mientras  tú acechas su calcañal.

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elcaballerodelverdegaban.

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